domingo, 2 de marzo de 2014

Minorías y vecinos imperiales.

Cuando se creó la República Checoslovaca, el nuevo país nacía entre los escombros que dejaba una guerra que fue mucho más larga de lo que se había imaginado. Tras cuatro años, los imperios centrales de Alemania y Austria-Hungría firmaron el armisticio, aun cuando no se habían librado combates en sus territorios. A fines de 1918, los alemanes no sólo aún ocupaban parte de Francia y Bélgica, sino también extensas regiones de lo que hoy son Ucrania, Polonia y el Cáucaso.
Checoslovaquia nacía como uno de los países vencedores de la Gran Guerra, y se independizaba del Imperio Austro-Húngaro, al que fue anexado el Reino de Bohemia. El antiguo Reino de Bohemia y Moravia -lo que hoy es República Checa- era habitado por una mayoría checa y una nutrida minoría alemana. Eslovaquia, en cambio, estaba bajo la corona húngara, y la franja meridional estaba poblada por magiares. Más al oriente, se incorporaba a Checoslovaquia la región de Rutenia, también conocida como Rusia Subcarpática o Ucrania Transcarpática.
El nombre "Checoslovaquia" no correspondía a la composición de nacionalidades del nuevo país: de haberse tenido en cuenta la relación demográfica, debiera haberse llamado "República Checogermanaeslovacahúngara", un tanto cacofónico. Los alemanes, es decir, aquellos que hablaban en alemán como lengua materna, eran el 23% de la población.
El nuevo país nació democrático y pluralista y, si bien los checos y eslovacos tuvieron el protagonismo político, los alemanes y magiares tuvieron sus propios partidos políticos y plenos derechos cívicos, con representación parlamentaria. Tras algunos intentos de la minoría alemana de integrarse a Austria, el mapa fue favorable a los designios de los ganadores de la guerra.
La minoría germana fue abrazando el nacionalsocialismo de Adolf Hitler en el decenio de los treinta. Se formó en Checoslovaquia el partido de los Sudetes de Konrad Henlein, un instrumento del nazismo y que reclamaba mayores grados de autonomía. Esta formación política tuvo el respaldo de la abrumadora mayoría de los alemanes de los Sudetes, un apoyo del que se sirvió Hitler para reclamar su anexión a Alemania.
Cuando en 1938 los Sudetes fueron ocupados por Alemania -con el visto bueno del Reino Unido, Francia e Italia por el Pacto de Munich-, y luego en marzo de 1939 lo que quedaba de Bohemia y Moravia, los checos no tenían posibilidad de resistencia militar, ya que las líneas de defensa se hallaban en regiones habitadas por alemanes. Austria había sido anexada poco tiempo antes en el Anschluss. Hitler proclamó el Protectorado de Bohemia y Moravia, en donde se comenzó a practicar una política de germanización de la población checa, un experimento social que anticipaba sus planes para el resto de Europa central y oriental.
Tras la segunda guerra mundial, los tres millones de alemanes de los Sudetes fueron expulsados, no sólo por decisión de los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también por el gobierno checoslovaco que retornaba del exilio.
Esta lección histórica fue tomada en cuenta por el gobierno de Estonia cuando declaró su independencia en 1991 en los momentos en que Mijail Gorbachov estaba secuestrado en Crimea. Aprovechando ese instante de debilidad, los estonios establecieron que la ciudadanía era exclusiva para esta nacionalidad, quedando fuera la minoría rusa que, entonces, alcanzaba al 30%. Esto implicaba que un tercio de la población no tenía representación parlamentaria, ni siquiera pasaporte. Los rusos que viven en Estonia pueden obtener la ciudadanía tras rendir exámenes que acrediten su conocimiento de lengua, historia y costumbres, un requisito que pocos cumplen. Muchos han optado por retornar a Rusia, descendiendo el porcentaje de esta minoría sin ciudadanía.
Considero que esta situación es aberrante: creo en la responsabilidad individual, no en la colectiva. No obstante, y a la luz de la presión que ejerce la Federación de Rusia sobre los países vecinos -Kazajistán, Ucrania, Georgia, Bielorrusia-, parece haber sido la solución acertada para la supervivencia de la independencia estonia. En tanto los gobiernos rusos -y la sociedad- no acepten e incorporen los valores de la libertad, el pluralismo, la democracia y el Estado de Derecho, su convivencia con el resto Europa y Asia será siempre conflictiva, al borde de la guerra.

Bibliografía consultada:

Lars Johannsen y Karin Hilmer Pedersen (comp.), Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries. Aarhus, Aarhus University Press, 2009.
Věra Olivová, Dějiny první republiky. Praha, Karolinum, 2000.
Ivan Gabal et al., Etnické menšiny ve střední Evropě. Praga, GG, 2000.

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