sábado, 1 de marzo de 2014

Crimea

Crimea, península de formas caprichosas en el Mar Negro, es una vez más el centro de atención mundial. Conquistada por la zarina Catalina la Grande y anexada al Imperio de Rusia en 1783, poniendo fin al janato tátaro de Crimea, fue también escenario de la guerra en 1853-56 a la que le dio su nombre. Si bien la guerra de Crimea no sólo tuvo lugar en esa región, allí fue donde tropas británicas, francesas y piamontesas combatieron contra los rusos en el puerto de Sevastopol, entonces sede de la fuerza marítima que rápidamente podía desplegarse hacia el Mediterráneo. Rusia, de extensión colosal, tiene la debilidad de poseer pocos puertos permanentes: Kronstadt en el Báltico, sí, pero expuesto a quedar encerrado por Alemania. Arjangelsk, en el norte, pero operativo pocos meses del año, quedando congelado en el largo invierno. Vladivostok, en Asia Oriental; Petropavlosvsk, en la península de Kamchatka, base de los submarinos nucleares de la URSS y ahora de la Federación de Rusia.
Cuando fue conquistada por los rusos, Crimea era una península habitada por los tátaros, pueblo emparentado con los de Asia Central y de religión islámica. Su rusificación se intensificó con la emigración de tátaros que formaron varias comunidades en la diáspora, en lo que hoy son Bulgaria, Rumania y Turquía. En 1918, cuando los bolcheviques rubricaron el tratado de Brest-Litovsk con el Imperio Alemán, los militares germanos se aliaron a los nacionalistas tátaros y administraron la península durante escasos cinco meses, en los que llamaron al retorno de los tátaros de la diáspora, una medida simbólica sin mayores resultados por la evolución de la guerra civil. 
En el seno de la Unión Soviética, en 1921 se creó la República Autónoma Socialista Soviética de Crimea -nótese que el nombre no tiene referencia de nacionalidad, sino puramente geográfica-, en la cual los tátaros eran el 25% de la población. Pero en la noche del 18 de mayo 1944, por decisión de Stalin y ejecución de Lavrenti Beria, los tátaros fueron deportados masivamente en ferrocarril al Asia Central por las divisiones de la NKVD -antecesora de la famosa KGB-, en donde se intentó que se diluyeran como pueblo y que perdieran paulatinamente su lengua, cultura, unidad y costumbres. Se les acusó colectivamente de haber colaborado con la invasión alemana de 1941 a la URSS.
En 1954, el secretario general Nikita Jruschov incorporó a Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania, una mera formalidad dentro de la Unión Soviética, cuando pocos imaginaban que implotaría en 1991 por el peso de su propia imposibilidad. Cuando la URSS comenzó a resquebrajarse, los rusos de Crimea reclamaron o bien el retorno de la península a Rusia, o bien un alto grado de autonomía. En enero de 1991 celebraron un referendum por el cual la población rusa aprobó por 93% su status de autonomía dentro de la estructura federal soviética, con un parlamento propio. En diciembre del mismo año, el 54% votó a favor de la independencia, y fue por ello que el parlamento ucraniano aprobó en junio de 1992 su autonomía, a fin de conservar la península dentro de la nueva nación. Pero en 1995, el parlamento de Ucrania declaró abolida la magistratura del presidente de Crimea, derogó la constitución local y tomó el control, en un contexto de debilidad de la Federación de Rusia, entonces presidida por Boris Ieltsin. Los tátaros que comenzaron a retornar en la era post-soviética -aproximadamente 250 mil- se volcaron a favor de Ucrania y, en 1997, los gobiernos de Rusia y Ucrania firmaron el tratado sobre el status de la flota del Mar Negro y el puerto de Sevastopol, documento en el que el primero reconoció la soberanía ucraniana sobre la península.
La mayoría de la población es de origen y lengua rusa, por lo que su situación es similar a la de las influyentes minorías rusas en países ex soviéticos como Kazajistán y Ucrania, un elemento que la Federación de Rusia utiliza para mantener sus aspiraciones de hegemonía regional. Si bien Vladimir Putin quizás no pretenda anexar Crimea a la Federación de Rusia, sí podría alentar a procesos de semi-emancipación y tutela como ocurre con Abjazia y Osetia del Sur en Georgia.


Bibliografía consultada:

Brian Glyn Williams, The Crimean Tatars: The Diaspora Experience and the Forging of a Nation. Boston, Brill, 2001.
Don H. Doyle, Secession as an International Phenomenon. Athens, University of Georgia Press, 2010.

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