jueves, 13 de marzo de 2014

Jaque a Kazajstán.

A mediados del siglo XIX, el Imperio Ruso conquistó el Asia Central. Cuando se creó la Unión Soviética, Asia Central siguió anexada, a pesar de los intentos independentistas de los nacionalistas kazajos del Alash Orda y de los antiguos janatos de Bujara y Jiva. Cuando la URSS implotó en 1991, la nomenklatura del Partido Comunista siguió en el poder, ahora reciclada como gobernante de las repúblicas. El ejemplo de Nursultan Nazarbaiev es elocuente: de ser el primer secretario del Partido Comunista de la República Socialista Soviética de Kazajstán, pasó a ser el presidente del nuevo país, y desde entonces se mantiene en el poder a través de comicios que, según observadores internacionales, no cumplieron las condiciones elementales de libertad y transparencia.
De acuerdo al censo del 2009, Kazajstán tiene mayoría de población kazaja, que representa el 63,1% (verde en el mapa); le sigue la minoría rusa, del 23,7%, que mayormente habita en el norte del país. A esto debemos añadirle que durante la época soviética, los puestos directivos de las empresas eran ocupados por rusos, calificados por su formación técnica y científica. 
Si bien Kazajstán es miembro de la Unión Aduanera con la Federación de Rusia y Bielorrusia, de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) y la Organización para la Cooperación de Shanghai, en total sintonía con su poderoso vecino, no por ello la nutrida e influyente minoría rusa deja de ser una vulnerabilidad para el país, en la que Moscú lo tiene en jaque constante. La reciente iniciativa del primer ministro Dmitri Medveved de impulsar el reconocimiento de la ciudadanía a todos los rusos que viven en lo que antiguamente fue el Imperio y la URSS, aun cuando tenga la mira puesta principalmente en Crimea, afecta también a países como Kazajstán y los bálticos como Estonia, con una minoría rusa del 25%, y Letonia, 27,8%; y por supuesto Ucrania, con 17,3%. De acuerdo al proyecto de ley que en breve será tratado por la Duma, los rusos que habitan en otros países de la antigua URSS pueden solicitar el pasaporte, que sería tramitado en sólo tres meses. 
Una vez más, es inevitable recordar lo que fue el Anschluss de Austria a Alemania en 1938, cuando fue anexada; la reivindicación de los germanos de los Sudetes en Checoslovaquia y el trasplante de alemanes de los países bálticos en la Polonia conquistada. ¿Europa se enfrenta de nuevo ante los espectros del irredentismo y las supremacías nacionalistas? Lo que ya fue superado en la Unión Europea, en donde hay democracias liberales respetuosas de los derechos individuales y de las minorías lingüísticas y religiosas, está lejos de ser una realidad cotidiana en el Este de Europa y el centro de Asia.

martes, 11 de marzo de 2014

Escocia, Québec y Crimea.

El próximo domingo 16 de marzo se realizará un referendum en Crimea, con vistas a incorporarse a la Federación de Rusia. La celeridad de la convocatoria despierta varias interrogantes: ¿con qué padrones se votará? ¿Quiénes son las autoridades que velarán el proceso? ¿Qué garantías tienen los opositores a la anexión? ¿Saben los ciudadanos cuáles son las opciones, ventajas y desventajas de lo que está en juego, con apenas diez días para votar? ¿Cómo incide la presencia de las tropas rusas en el resultado? Además de estas dudas, recordemos que la Federación de Rusia ya firmó, en 1997, un tratado por el cual reconoce a la península de Crimea como parte de Ucrania, cuando negoció la situación del puerto de Sevastopol. Asimismo, ya en 1994 los gobiernos de Rusia, Ucrania, Estados Unidos y el Reino Unido firmaron el Memorandum de Budapest, sobre el desarme nuclear de Ucrania y su adhesión al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), en el que explícitamente se reconocía la soberanía, independencia y las fronteras existentes del país. También se comprometieron a abstenerse de la amenaza o el uso de las armas contra la integridad territorial o la independencia de Ucrania.
Sin entrar en más detalles sobre la legalidad, legitimidad y ausencia de transparencia del referendum a celebrarse en Crimea, quiero comparar este proceso con dos referenda: el de Québec, la región francófona de Canadá, y el de Escocia, a celebrarse el 18 de septiembre de este año.
La iniciativa de un referendum escocés sobre la independencia tuvo impulso cuando el Scottish National Party (SNP) ganó la mayoría absoluta del parlamento de Escocia. Si bien esto le daba autoridad moral a su referendum, su convocatoria ha sido fruto de un acuerdo entre las partes involucradas. El Parlamento escocés lo aprobó en diciembre del 2012, las dos cámaras del Parlamento británico en enero del 2013 y la Reina lo promulgó en febrero del 2013. El proceso de la consulta está regulado por una Comisión Electoral y se utilizará el padrón de los comicios locales. Se votará "sí" o "no" a la independencia de Escocia del Reino Unido. Lo interesante es que la alternativa a la independencia es que el Parlamento escocés tendría más poder que ahora de acuerdo a la Scotland Act del 2012 -además de permanecer en el Reino Unido-, si la mayoría optara por el "no". Esta opción no es la que los independentistas quieren, claro está.
Este referendum nos trae a la memoria los dos que se han celebrado en Québec, en donde los francófonos del Parti Québécois han propuesto su independencia de Canadá. El Parti Québécois fue fundado en 1968 y ganó la elección regional en 1976, con el 41% de los sufragios, que se tradujo en 71 bancas de las 110 de la Asamblea. En 1978 se aprobó la ley de convocatoria el referendum, que tuvo lugar en 1980. Se preguntaba a los ciudadanos si aprobaban la negociación de un nuevo acuerdo con Canadá, por el cual Québec recuperaría su soberanía, establecería sus propias leyes, impuestos y relaciones exteriores. Con la participación del 84% de los votantes, el 59,5% votó por el No, en tanto que el 40,5% por el Sí. En 1994, el Parti Québécois retornó al poder en la región, y se celebró un nuevo referendum en 1995. En este caso, la pregunta fue más simple y directa: Si se estaba de acuerdo o no con que la Asamblea 
declarara la soberanía de Québec.
El margen fue estrecho: por el No votó el 50,58%, en tanto que el 49,42% apoyó al Sí, con la altísima participación del 93,52% de los empadronados. 
Tanto en el caso canadiense como el británico, estas consultas se han celebrado tras un proceso de negociaciones dentro del marco legal de esas naciones, en las que las partes acordaron las condiciones y se debatió abiertamente sobre las ventajas y desventajas de la eventual independencia. Los partidos políticos, la sociedad civil, los ámbitos académicos y los medios de comunicación expusieron -y exponen- los distintos puntos de vista en libertad, sin presión de los gobiernos involucrados.
Contrastan, pues, con la celeridad que ha impuesto el nuevo gobierno de Crimea a este referendum envuelto en sombras.


Bibliografía consultada:

Adam Taylor, "Crimea is not Scotland", en The Washington Post, 7 de marzo del 2014.

Ian McLean, Jim Gallagher y Guy Lodge, Scotland's Choices: The Referendum and What Happens Afterwards. Edinburgh, Edinburgh University Press, 2013.
Matthew Mendelssohn y Andrew Parkin (comp.), Referendum Democracy: Citizens, Elites, and Deliberation in Referendum Campaigns. New York, Palgrave, 2001.

sábado, 8 de marzo de 2014

Transdniester: ¿el futuro de Crimea?

El antiguo principado de Moldavia, que data del siglo XIV, fue un territorio disputado entre el Imperio Otomano y Rusia durante centurias. En 1812, por el tratado de Bucarest, la región de Moldavia oriental o Besarabia, ubicada entre los ríos Prut y Dniester, fue cedida al Imperio de Rusia. Bukovina, al norte, fue parte del Imperio Austro-Húngaro. 
¿Cuál es la diferencia entre un moldavo y un rumano? Ninguna. Es la misma lengua y cultura. Lo que actualmente es Rumania logró su independencia en 1878, pero Besarabia siguió bajo la soberanía rusa hasta el derrumbe del zarismo, en 1918. Una asamblea de representantes de Besarabia votó por su incorporación al Reino de Rumania. Los países vencedores de la Gran Guerra no lograron, sin embargo, poner en vigencia el tratado de París, en el que reconocían la nueva integridad territorial, ya que Japón nunca lo llegó a rubricar. Esta gran Rumania se hallaba entre dos países que reclamaban partes de su territorio: Hungría, derrotada en la primera guerra mundial, exigía a Transilvania. La Unión Soviética, por el otro lado, tenía ambiciones de reconquistar a Besarabia. Al este del río Dnieper, en 1924 se formó la República Autónoma Socialista Soviética de Moldavia, dentro de la R. S. S. de Ucrania.
Rumania tuvo que ceder nuevamente la región de Besarabia por el ignominioso Pacto Ribbentropp-Molotov, de agosto de 1939, por el que la URSS y Alemania se repartieron el Este de Europa. La parte meridional de Besarabia fue incorporada a la República Socialista Soviética de Ucrania, en tanto que con el resto se formó la República Socialista Soviética de Moldavia, y a esta se anexó la mayor parte del territorio de la pequeña 
República Autónoma.
Las fronteras que logró Stalin en dicho tratado con Hitler no fueron modificadas en 1945, al terminar la segunda guerra mundial. Poco tiempo después, la misma Rumania entraría en la órbita de países satélites de la URSS.
En diciembre de 1989, los rumanos lograron la caída de la dictadura de Nicolae Ceauşescu. En 1991, Moldavia se independiza de la Unión Soviética y se conjetura con la posible reunificación con Rumania. Sin embargo, en 1992 la población rusa de la orilla oriental del Dniester se enfrenta a los moldavos, en combates que cesaron tras la intervención de las tropas rusas. La región de Transdniester se declaró independiente y, en el año 2006, se celebró un referendum en el cual la mayoría aprobó su futura unificación con la Federación de Rusia, aun cuando se halla ubicada entre Moldavia y Ucrania, sin límite físico con su protector. Transdniester no está reconocida internacionalmente -excepto por Abjazia y Osetia del Sur-.
En estos veinte años tras el congelamiento de la situación, Transdniester ha sido el escenario para un activo tráfico internacional de mujeres y niñas para prostitución, comercio ilegal de armas y uranio, contrabando de automóviles robados, narcotráfico y santuario de criminales en la región, que afecta seriamente las perspectivas de la incorporación de Moldavia a la Unión Europea. En Moldavia ha habido un cambio de gobierno que inició la adopción de legislación para transparentar la función pública y cimentar un Estado de Derecho. 
El proceso de negociaciones diplomáticas del 5+2 (OSCE, Rusia, Moldavia, Ucrania y Transdniester, más la Unión Europea y Estados Unidos como observadores) cobró impulso en el 2011 gracias a la iniciativa de la canciller alemana Angela Merkel quien, en el 2010 junto al entonces presidente ruso Dmitri Medvedev, firmaron el memorandum Meseberg de conversaciones entre las partes. El objetivo de Merkel era no sólo el de solucionar la cuestión de Transdniester, tan conflictiva para la seguridad del continente, sino como un paso hacia un acuerdo general con la Federación de Rusia. Pero el proceso de negociaciones de Meseberg se ha estancado desde el año pasado.
¿Transdniester puede ser el futuro de Crimea? Por su ubicación geográfica, la península ofrece condiciones más atractivas para ser un paraíso de la criminalidad internacional. Sin embargo, a la Federación de Rusia no le convendría amparar una situación de este tipo en donde tiene asentada la flota del Mar Negro.
Si algo nos enseña la historia, es que no hay curso determinado de la humanidad y que el futuro es impredecible.


Bibliografía consultada:

Marcel Mitrasca, Moldava: A Romanian Province under Russian Rule. New York, Algora, 2002.
Stewart Patrick, Weak Links: Fragile States, Global Threats, and International Security. New York, Oxford University Press, 2011.
Anne Clunan y Harold Trinkunas (comp.), Ungoverned Spaces: Alternatives to State Authority in an Era of Softned Sovereignty. Stanford, Stanford Security Studies, 2010.
Janusz Bugajski, Cold Peace. Westport, Praeger, 2004.

viernes, 7 de marzo de 2014

Del vellocino de oro a Sevastopol.

Nos cuenta Apolonio de Rodas, en su Argonáuticas, que Jasón partió con un grupo de héroes hacia la Cólquide (actual Georgia), en el Este del Mar Negro, en busca del vellocino de oro. Esta era la lana áurea de un carnero de grandes poderes que fue sacrificado en honor a Zeus. Jasón partió junto a los valerosos argonautas para obtener el vellocino sagrado, una proeza que le ayudaría a reclamar su derecho legítimo al trono de Yolco.
El llamado Ponto Euxino, hoy Mar Negro, formaba parte del mundo griego. Troya o Ilión estaba ubicada próxima a los estrechos que comunican al Egeo con el Mar Negro, controlando el acceso a las tierras fértiles del Este. 
La ciudad de Bizancio, luego Constantinopla, hoy Estambul, desplegada en el estratégico estrecho del Bósforo a escasos kilómetros del Mar Negro, fue capital de imperios centenarios, el Bizantino -Romano de Oriente- y el Otomano. Tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos, parte de la corte imperial emigró hacia Moscú, entonces capital del principado de Moscovia.
Alcanzar las costas del Mar Negro fue una ambición imperial y estratégica de los zares. Los tátaros, pueblo turcomano, establecieron el janato en Crimea -último vestigio de la Horda de Oro- que fue tributario del Imperio Otomano hasta mediados del siglo XVIII. Para los turcos, su política en el Mar Negro consistía en mantener la tranquilidad de las aguas -entonces un "lago" interior de sus vastas posesiones-, en tanto que las estepas de lo que hoy son Ucrania y el sur de Rusia debían mantenerse en estado de conflicto, una gran región sin límites naturales que contuviera el avance de los moscovitas. Los zares, muy por el contrario, buscaron lo opuesto: dominar y pacificar las estepas, y llegar a las aguas cálidas del Mar Negro, creando puertos con una fuerza naval capaz de enfrentar a los turcos. Si aproximamos la lupa y observamos los detalles, en rigor los turcos no dominaban estrictamente todas las costas del Mar Negro, sino que tenían reinos, janatos y principados vasallos a los que controlaban con fortalezas ubicadas en puntos estratégicos en las costas. El sultán otomano pudo vanagloriarse, durante casi tres siglos, de ser el señor de dos mares, el Negro y el Egeo, logrando eliminar la piratería en esas aguas, además de establecer el monopolio comercial en ellas.
Las estepas, entonces, eran una gran región en conflicto entre tátaros, moscovitas, polacos y cosacos. Los tátaros de Crimea capturaban hombres y mujeres para venderlos como esclavos en los mercados de Estambul; los cosacos, mezcla de eslavos y tátaros, apartados de sus orígenes, combatían alternativamente contra unos u otros. Nikolai Gogol nos ha legado el relato sobre algunas de esas batallas esteparias en su célebre Tarás Bulba
Esos cosacos se enfrentaron a los turcos, procurando la conquista de la fortaleza de Azov. Serán los rusos quienes logren, con lentitud y persistencia, alcanzar las costas del mar de Azov, luego quebrando el monopolio marítimo de los otomanos en el Mar Negro, durante el siglo XVIII. Se podría afirmar que ese mar interior dejaba de ser puramente asiático, para convertirse en una frontera entre ambos continentes.
Con los tratados de Karlowitz (1699) y Estambul (1700) se inició el retroceso otomano. Lo siguieron el de Belgrado (1739) que otorgaba la fortaleza de Azov a los rusos y reconocía derechos limitados al comercio naval ruso en el mar, y el tratado de Küçük Kaynarca (1774) que eliminaba las restricciones a la navegación mercantil rusa, ampliado en los decenios posteriores a otras naciones. En este documento, el Imperio de Rusia reconocía la independencia del janato de Crimea, que ya dejaba de ser vasallo de los otomanos, hasta que la zarina Catalina anexó la península en 1783. El príncipe Potiemkin, protegido y favorito de la zarina, fundó el puerto de Sevastopol, fortaleza de la Armada rusa.
Por los tratados de Adrianópolis y Hünkar Iskelesi los otomanos reconocieron a los rusos el libre paso por los estrechos del Bósforo y Dardanelos, cediendo el Sultán nuevos territorios en la orilla septentrional. La guerra de Crimea desbarató en gran parte los planes rusos, ya que el Mar Negro fue declarado neutral, pero desde San Petersburgo se repudió esta situación en la guerra de 1877-78. Fue la diplomacia franco-británica la que sostuvo al Imperio Otomano, entonces ya devenido en el "hombre enfermo de Europa".
Y es que los zares aspiraban a recuperar Constantinopla para la Cristiandad: este fue un mito imperial que dio vida al desarrollo de la estrategia rusa hacia el Mar Negro, el Egeo y al debilitamiento del Imperio Otomano. Sevastopol era el centro del poder naval en el sur, con aspiraciones a proyectarse hacia el Mediterráneo. 
A la ocupación de Estambul y el control de los estrechos aspiró la diplomacia zarista durante la primera guerra mundial, que soñaba con denominar "Tsargrad" (la ciudad del Zar) a la vieja Constantinopla. 
Pero estos argonautas no llegaron a arrebatar el vellocino de oro y perdieron el favor de los dioses.


Bibliografía consultada:

Charles King, The Black Sea: A History. Oxford, Oxford University Press, 2004.
Pia Guldager Bilder y Jane Hjarl Petersen (comp.), Meetings of Cultures in the Black Sea Region. Aarhus, Aarhus University Press, 2008.

lunes, 3 de marzo de 2014

Tocqueville, Smith y Putin.

En la última página de las conclusiones del primer tomo de La Democracia en América, cerrando el volumen de uno de los textos más preclaros de la filosofía política del siglo XIX, Alexis de Tocqueville comparaba los avances de los rusos y estadounidenses hacia sus nuevas fronteras. El pensador y político galo puso énfasis en el carácter militar y fuertemente autocrático del imperio zarista: el ruso "concentra en un hombre todo el poder de la sociedad". 
Esta constante de la historia rusa ha llegado hasta hoy: desde los zares autócratas, pasando por los líderes soviéticos y ahora con los presidentes post-soviéticos, no han sido capaces de crear instituciones que equilibren el poder del Ejecutivo, ni en lo horizontal ni desde las regiones: lo más acertado sería concluir que no han querido hacerlo. 
Vladimir Putin es heredero de las viejas aspiraciones imperiales que comenzaron a establecerse en el principado de Moscovia, cuando Iván III contrajo matrimonio en 1472 con Zoe Paleogonina, nieta del emperador bizantino Constantino IX. Con ella arribó la corte del fenecido imperio, y llevaron los conceptos políticos y religiosos de la autocracia césaro-papista, la idea de Moscú como "la tercera Roma" y los símbolos como el águila bicéfala, que mira a Oriente y Occidente, con ansias de dominio universal. El término "zar" deriva de "caesar". Si bien la expansión rusa no fue siempre encabezada por sus militares -hacia el Este, quienes abrieron el camino fueron los cazadores de pieles-, esta fuerte impronta atravesó todas las etapas de su historia, aun en la aparente ruptura del socialismo que, en definitiva, no fue sino otra religión de pretensiones universales.
¿Está Occidente en condiciones de responder a la invasión rusa a Ucrania? Putin es especialmente sensible a la imagen que proyecta, y así lo ha demostrado con los juegos olímpicos de Sochi. Pretende recordar al planeta que Rusia ha vuelto a ser uno de los grandes países, tras aquellos años de fragilidad tras el colapso soviético. Pero su economía no es sólida y no puede enemistarse con su principal cliente: la Unión Europea. El gobierno de la República Popular de China no lo acompañará en esta aventura, ya que esta intervención en Crimea va en sentido contrario a uno de sus postulados más caros: el rechazo a todo separatismo, pensando en las reivindicaciones independentistas del Tíbet y Xinjiang.
Más allá de las sanciones que Occidente pueda blandir contra Rusia, lo que todas las partes quieren obtener es una ganancia: ninguno quiere mostrar que ha sido débil o que cedió ante la presión de los demás. Putin debe ser plenamente consciente de sus debilidades, pero no las exhibirá, ni mucho menos las reconocerá.
Parafraseando a Adam Smith en La riqueza de las naciones, no es de la benevolencia de Vladimir Putin que debamos esperar la paz y el respeto a la independencia de Ucrania, sino a su propio interés. 

Bibliografía consultada:

Patrick March, Eastern Destiny: Russia in Asia and North Pacific. Westport, Praeger, 1996.
John P. LeDonne, The Grand Strategy of the Russian Empire, 1650-1831. New York, Oxford University Press, 2004.

domingo, 2 de marzo de 2014

Minorías y vecinos imperiales.

Cuando se creó la República Checoslovaca, el nuevo país nacía entre los escombros que dejaba una guerra que fue mucho más larga de lo que se había imaginado. Tras cuatro años, los imperios centrales de Alemania y Austria-Hungría firmaron el armisticio, aun cuando no se habían librado combates en sus territorios. A fines de 1918, los alemanes no sólo aún ocupaban parte de Francia y Bélgica, sino también extensas regiones de lo que hoy son Ucrania, Polonia y el Cáucaso.
Checoslovaquia nacía como uno de los países vencedores de la Gran Guerra, y se independizaba del Imperio Austro-Húngaro, al que fue anexado el Reino de Bohemia. El antiguo Reino de Bohemia y Moravia -lo que hoy es República Checa- era habitado por una mayoría checa y una nutrida minoría alemana. Eslovaquia, en cambio, estaba bajo la corona húngara, y la franja meridional estaba poblada por magiares. Más al oriente, se incorporaba a Checoslovaquia la región de Rutenia, también conocida como Rusia Subcarpática o Ucrania Transcarpática.
El nombre "Checoslovaquia" no correspondía a la composición de nacionalidades del nuevo país: de haberse tenido en cuenta la relación demográfica, debiera haberse llamado "República Checogermanaeslovacahúngara", un tanto cacofónico. Los alemanes, es decir, aquellos que hablaban en alemán como lengua materna, eran el 23% de la población.
El nuevo país nació democrático y pluralista y, si bien los checos y eslovacos tuvieron el protagonismo político, los alemanes y magiares tuvieron sus propios partidos políticos y plenos derechos cívicos, con representación parlamentaria. Tras algunos intentos de la minoría alemana de integrarse a Austria, el mapa fue favorable a los designios de los ganadores de la guerra.
La minoría germana fue abrazando el nacionalsocialismo de Adolf Hitler en el decenio de los treinta. Se formó en Checoslovaquia el partido de los Sudetes de Konrad Henlein, un instrumento del nazismo y que reclamaba mayores grados de autonomía. Esta formación política tuvo el respaldo de la abrumadora mayoría de los alemanes de los Sudetes, un apoyo del que se sirvió Hitler para reclamar su anexión a Alemania.
Cuando en 1938 los Sudetes fueron ocupados por Alemania -con el visto bueno del Reino Unido, Francia e Italia por el Pacto de Munich-, y luego en marzo de 1939 lo que quedaba de Bohemia y Moravia, los checos no tenían posibilidad de resistencia militar, ya que las líneas de defensa se hallaban en regiones habitadas por alemanes. Austria había sido anexada poco tiempo antes en el Anschluss. Hitler proclamó el Protectorado de Bohemia y Moravia, en donde se comenzó a practicar una política de germanización de la población checa, un experimento social que anticipaba sus planes para el resto de Europa central y oriental.
Tras la segunda guerra mundial, los tres millones de alemanes de los Sudetes fueron expulsados, no sólo por decisión de los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también por el gobierno checoslovaco que retornaba del exilio.
Esta lección histórica fue tomada en cuenta por el gobierno de Estonia cuando declaró su independencia en 1991 en los momentos en que Mijail Gorbachov estaba secuestrado en Crimea. Aprovechando ese instante de debilidad, los estonios establecieron que la ciudadanía era exclusiva para esta nacionalidad, quedando fuera la minoría rusa que, entonces, alcanzaba al 30%. Esto implicaba que un tercio de la población no tenía representación parlamentaria, ni siquiera pasaporte. Los rusos que viven en Estonia pueden obtener la ciudadanía tras rendir exámenes que acrediten su conocimiento de lengua, historia y costumbres, un requisito que pocos cumplen. Muchos han optado por retornar a Rusia, descendiendo el porcentaje de esta minoría sin ciudadanía.
Considero que esta situación es aberrante: creo en la responsabilidad individual, no en la colectiva. No obstante, y a la luz de la presión que ejerce la Federación de Rusia sobre los países vecinos -Kazajistán, Ucrania, Georgia, Bielorrusia-, parece haber sido la solución acertada para la supervivencia de la independencia estonia. En tanto los gobiernos rusos -y la sociedad- no acepten e incorporen los valores de la libertad, el pluralismo, la democracia y el Estado de Derecho, su convivencia con el resto Europa y Asia será siempre conflictiva, al borde de la guerra.

Bibliografía consultada:

Lars Johannsen y Karin Hilmer Pedersen (comp.), Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries. Aarhus, Aarhus University Press, 2009.
Věra Olivová, Dějiny první republiky. Praha, Karolinum, 2000.
Ivan Gabal et al., Etnické menšiny ve střední Evropě. Praga, GG, 2000.

sábado, 1 de marzo de 2014

Crimea

Crimea, península de formas caprichosas en el Mar Negro, es una vez más el centro de atención mundial. Conquistada por la zarina Catalina la Grande y anexada al Imperio de Rusia en 1783, poniendo fin al janato tátaro de Crimea, fue también escenario de la guerra en 1853-56 a la que le dio su nombre. Si bien la guerra de Crimea no sólo tuvo lugar en esa región, allí fue donde tropas británicas, francesas y piamontesas combatieron contra los rusos en el puerto de Sevastopol, entonces sede de la fuerza marítima que rápidamente podía desplegarse hacia el Mediterráneo. Rusia, de extensión colosal, tiene la debilidad de poseer pocos puertos permanentes: Kronstadt en el Báltico, sí, pero expuesto a quedar encerrado por Alemania. Arjangelsk, en el norte, pero operativo pocos meses del año, quedando congelado en el largo invierno. Vladivostok, en Asia Oriental; Petropavlosvsk, en la península de Kamchatka, base de los submarinos nucleares de la URSS y ahora de la Federación de Rusia.
Cuando fue conquistada por los rusos, Crimea era una península habitada por los tátaros, pueblo emparentado con los de Asia Central y de religión islámica. Su rusificación se intensificó con la emigración de tátaros que formaron varias comunidades en la diáspora, en lo que hoy son Bulgaria, Rumania y Turquía. En 1918, cuando los bolcheviques rubricaron el tratado de Brest-Litovsk con el Imperio Alemán, los militares germanos se aliaron a los nacionalistas tátaros y administraron la península durante escasos cinco meses, en los que llamaron al retorno de los tátaros de la diáspora, una medida simbólica sin mayores resultados por la evolución de la guerra civil. 
En el seno de la Unión Soviética, en 1921 se creó la República Autónoma Socialista Soviética de Crimea -nótese que el nombre no tiene referencia de nacionalidad, sino puramente geográfica-, en la cual los tátaros eran el 25% de la población. Pero en la noche del 18 de mayo 1944, por decisión de Stalin y ejecución de Lavrenti Beria, los tátaros fueron deportados masivamente en ferrocarril al Asia Central por las divisiones de la NKVD -antecesora de la famosa KGB-, en donde se intentó que se diluyeran como pueblo y que perdieran paulatinamente su lengua, cultura, unidad y costumbres. Se les acusó colectivamente de haber colaborado con la invasión alemana de 1941 a la URSS.
En 1954, el secretario general Nikita Jruschov incorporó a Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania, una mera formalidad dentro de la Unión Soviética, cuando pocos imaginaban que implotaría en 1991 por el peso de su propia imposibilidad. Cuando la URSS comenzó a resquebrajarse, los rusos de Crimea reclamaron o bien el retorno de la península a Rusia, o bien un alto grado de autonomía. En enero de 1991 celebraron un referendum por el cual la población rusa aprobó por 93% su status de autonomía dentro de la estructura federal soviética, con un parlamento propio. En diciembre del mismo año, el 54% votó a favor de la independencia, y fue por ello que el parlamento ucraniano aprobó en junio de 1992 su autonomía, a fin de conservar la península dentro de la nueva nación. Pero en 1995, el parlamento de Ucrania declaró abolida la magistratura del presidente de Crimea, derogó la constitución local y tomó el control, en un contexto de debilidad de la Federación de Rusia, entonces presidida por Boris Ieltsin. Los tátaros que comenzaron a retornar en la era post-soviética -aproximadamente 250 mil- se volcaron a favor de Ucrania y, en 1997, los gobiernos de Rusia y Ucrania firmaron el tratado sobre el status de la flota del Mar Negro y el puerto de Sevastopol, documento en el que el primero reconoció la soberanía ucraniana sobre la península.
La mayoría de la población es de origen y lengua rusa, por lo que su situación es similar a la de las influyentes minorías rusas en países ex soviéticos como Kazajistán y Ucrania, un elemento que la Federación de Rusia utiliza para mantener sus aspiraciones de hegemonía regional. Si bien Vladimir Putin quizás no pretenda anexar Crimea a la Federación de Rusia, sí podría alentar a procesos de semi-emancipación y tutela como ocurre con Abjazia y Osetia del Sur en Georgia.


Bibliografía consultada:

Brian Glyn Williams, The Crimean Tatars: The Diaspora Experience and the Forging of a Nation. Boston, Brill, 2001.
Don H. Doyle, Secession as an International Phenomenon. Athens, University of Georgia Press, 2010.

viernes, 17 de enero de 2014

Nuevo gobierno checo.

Hoy viernes 17 de enero, tras casi tres meses desde las elecciones generales, asume el nuevo primer ministro en la República Checa, el socialdemócrata Bohuslav Sobotka. En un parlamento fragmentado, con siete bancadas, ha sido posible articular una nueva coalición gubernamental con la socialdemócrata ČSSD, el movimiento ANO (Sí) y la democracia cristiana. El primero de los partidos estuvo en la oposición frente al gobierno conservador; el segundo es un movimiento nuevo, surgido por la iniciativa del empresario Andrej Babiš, sin experiencia ni en el gobierno ni en la oposición; el tercero, la KDU-ČSL, ya ha formado parte de otros gobiernos, pero se mantuvo sin representación parlamentaria durante los últimos tres años.
El presidente Zeman ha interferido en la formación del nuevo gobierno: no sólo ha intentado influir dentro del partido socialdemócrata, sino que también procura establecer vetos a las nominaciones de los nuevos ministros, excediéndose de su estricto rol constitucional de Jefe de Estado. Y es que Zeman, arguyendo ser el primer presidente electo por el voto directo de los ciudadanos, se atribuye más poder que el que tuvieron sus predecesores Václav Havel y Václav Klaus. Estas circunstancias, sumadas a que no hay una clara sintonía entre los tres partidos que asumen el gobierno en varias cuestiones, han dilatado las conversaciones. En la República Federal de Alemania, la CDU, la CSU y el SPD lograron conformar una gran coalición en menos tiempo de conversaciones.
El nuevo gabinete de ministros que acompañará a Sobotka asumirá hacia fines de este mes. El interrogante es si este gobierno será lo suficientemente sólido para seguir reduciendo el déficit fiscal y, a la par, mantenerse firme ante las intromisiones del presidente.

lunes, 6 de enero de 2014

Euroescépticos.

Este año se celebrarán elecciones para la renovación del Parlamento Europeo, comicios que en general sirven para medir el buen o malhumor de los ciudadanos. Con sede en Estrasburgo, ciudad simbólica por haber sido codiciada y ocupada por alemanes y franceses durante siglos, el termómetro de las urnas puede marcar el crecimiento en bancas de los partidos euroescépticos, un mote que pretende darle un aire de cierta respetabilidad a líderes políticos que flamean banderas contrarias a la inmigración, la integración del continente europeo y la aceptación de minorías religiosas. No son los fascistas de los años treinta, porque no tienen falanges paramilitares y no hablan en contra de la democracia y el Estado de Derecho, pero se alimentan de la frustración y la incertidumbre de muchos ciudadanos frente a la creciente globalización. Marine Le Pen en Francia ha sabido darle un nuevo aire al Frente Nacional, el partido que heredó de su padre Jean Marie Le Pen; Geert Wilders en Holanda se ha hecho famoso por sus invectivas contra el Islam, una religión poco conocida por los occidentales; el UKIP de Nigel Farage atiza contra los inmigrantes y por la salida de la Unión Europea. Ya en retirada, el ex presidente Václav Klaus tiene un fuerte discurso xenófobo contra los alemanes dentro de la República Checa. 


No son los organismos burocráticos de la Unión Europea lo que realmente les preocupa, sino cerrarse en sus estrechas fronteras para impedir el arribo de inmigrantes y rechazar la moneda común en nombre de la "soberanía nacional". Cultivan el miedo al desempleo, el horror a quienes hablan diferente o viven con otras costumbres, el desprecio a quienes rezan de otro modo. Tal es el peso que tienen estos partidos nacionalistas que están provocando medidas y actitudes en los gobiernos para evitar el crecimiento electoral de estas figuras: David Cameron quiere extender por más tiempo la barrera al ingreso eventual de rumanos y búlgaros al Reino Unido; Manuel Valls, ministro del Interior de Francia, se ha ganado varios puntos de popularidad por su campaña contra los gitanos procedentes de Europa Oriental. Incluso la CSU de Baviera, socia de coalición de Angela Merkel, se ha sumado a esta retórica contra los inmigrantes del Oriente europeo. 
El proyecto de la Unión Europea supone la libre movilidad de las personas, los bienes y los capitales en un continente integrado por los principios comunes del Estado de Derecho, la democracia y la economía de mercado, tal como lo establecen sus tratados y, con claridad, particularmente los Criterios de adhesión de Copenhague de 1993. Es a este corazón al que apuntan los euroescépticos.