lunes, 24 de abril de 2017

La elección de Emmanuel Macron


El joven candidato Emmanuel Macron, que no pertenece a ninguna de las dos grandes familias de partidos democráticos de Francia, resultó ser el más votado en la primera vuelta de la elección presidencial. Tras él, disputándole el ballottage, está Marine Le Pen, del ultranacionalista y antieuropeísta Frente Nacional. El tercero fue François Fillon, candidato conservador de Los Republicanos –neogaullistas-, cuarto fue Jean-Luc Mélenchon y, en una quinta posición el socialista Benoît Hamon.
El ascenso de Macron se debe, en gran medida, a que los candidatos más centristas de Los Republicanos y del Partido Socialista quedaron desplazados en las primarias celebradas en ambos partidos. Entre los conservadores, el candidato más centrista era Alain Juppé, ex primer ministro y actual alcalde de Bordeaux. Su principal rival era el ex presidente Nicolas Sarkozy pero, contra todos los pronósticos, fue François Fillon quien logró ganar ante Juppé en la segunda vuelta de la primaria, con un discurso de ruptura liberal con el andamiaje del Estado francés.
En el Partido Socialista, la alternativa más centrista estaba encarnada por el ex primer ministro Manuel Valls, quien tenía como principal rival al ex ministro Arnaud Montebourg. Por un proceso similar al de los neogaullistas, fue Benoît Hamon el ungido en la segunda vuelta de las primarias, frente a Valls.
Estos candidatos inesperados reflejaron la insatisfacción de los votantes con aquellos candidatos que representaban la continuidad de un establishment que, claramente, no satisface al ciudadano francés.
Hamon no convenció al ciudadano promedio de Francia; Fillon vio escabullirse de sus manos la presidencia de Francia cuando salió a la luz la denuncia de que su esposa e hijos cobraron sueldos como asesores, durante años, sin haber prestado ese servicio. Los Republicanos observaron aterrados cómo se les escapaba la primera magistratura, e intentaron desplazar a Fillon para ubicar al moderado Alain Juppé. Pero el candidato ganador de la primaria llevó adelante una cruzada de valores tradicionales, anotándose el sostén de un núcleo de seguidores católicos que lo respaldó a pesar de las denuncias en su contra. En una exhibición de multitudes en Trocadero, Fillon demostró su capacidad de movilizar a miles de personas en su apoyo, y los dirigentes de Los Republicanos desistieron de removerlo.
Este escenario ayudó, claramente, al ascenso de Emmanuel Macron, una figura nueva que tuvo un breve paso por el ministerio de Economía durante la presidencia de François Hollande. Desde esa cartera ministerial, impulsó medidas liberalizadoras para darle más competitividad a la economía francesa, con lo que se ganó el respeto de los sectores más liberales de la centroderecha y del mundo empresarial. Su defensa abierta y sin tapujos de los beneficios de la Unión Europea, la economía abierta, la globalización y el pluralismo, le atrajo votantes tanto de la centroizquierda como de la centroderecha, alimentándose de los decepcionados con los socialistas y los conservadores. El espanto que despierta una Francia gobernada por Marine Le Pen, hizo el resto.
Lo cierto es que los dos candidatos que pasan al ballottage tendrán que lidiar con un parlamento sin mayoría. El presidente de Francia, por el esquema constitucional de la V República, es un magistrado con mayores poderes que los tradicionales jefes de Estado en Europa, una arquitectura institucional diseñada por el General Charles De Gaulle. Cuando se convoque a elecciones parlamentarias, habrá de verse si los conservadores y socialistas podrán recuperar el terreno perdido en estos comicios presidenciales, ya que el sistema de circunscripción con doble vuelta está pensado para favorecer a las estructuras partidarias desarrolladas y consolidadas territorialmente. También ha servido para poner una fuerte valla al crecimiento de partidos extremos, como el Frente Nacional, ya que el consenso republicano ha servido para que en la segunda vuelta se elijan diputados de las dos grandes fuerzas. En el caso más probable de que Emmanuel Macron gane en el ballottage del 7 de mayo, deberá articular un gobierno de coalición con el alicaído Partido Socialista o con los atónitos Republicanos, ya que su movimiento En Marche! difícilmente logre reunir un número significativo de bancas en el Parlamento. Puede darse el caso, también, de una cohabitación con un primer ministro de otro signo político: el presidente François Mitterrand –socialista- debió cohabitar con los primeros ministros conservadores Jacques Chirac y Edouard Balladur en sus dos septenios; luego el presidente Chirac –conservador neogaullista- debió cohabitar con el primer ministro socialista Lionel Jospin durante su primera presidencia.
Dado el rechazo abierto de conservadores y socialistas por el Frente Nacional y su ideario, resulta impensable un gobierno de coalición de Marine Le Pen con esos partidos.
Sea cual fuere el resultado de la segunda vuelta, los dos grandes partidos tradicionales de Francia deberán repensarse en lo inmediato, para no dejar que sus votantes se corran hacia alternativas en los extremos, o bien dejarse fagocitar por el emergente movimiento centrista de Macron. Esta elección ha sido la de las grandes sorpresas, más allá de la dinámica propia de la política, ya que hasta hace seis meses atrás, el escenario más probable era el de Alain Juppé en duelo con Marine Le Pen, en tanto Manuel Valls iba a hacer un digno papel del Partido Socialista. La reconfiguración de los partidos, el alineamiento de los partidos democráticos en defensa de la Unión Europea, la permanencia en la OTAN y del pluralismo, habrán de pesar en los años por venir. El esquema de la V República y su semipresidencialismo habrá de demostrar cuán preparada está para permitir un nuevo juego con actores no previstos.

jueves, 13 de marzo de 2014

Jaque a Kazajstán.

A mediados del siglo XIX, el Imperio Ruso conquistó el Asia Central. Cuando se creó la Unión Soviética, Asia Central siguió anexada, a pesar de los intentos independentistas de los nacionalistas kazajos del Alash Orda y de los antiguos janatos de Bujara y Jiva. Cuando la URSS implotó en 1991, la nomenklatura del Partido Comunista siguió en el poder, ahora reciclada como gobernante de las repúblicas. El ejemplo de Nursultan Nazarbaiev es elocuente: de ser el primer secretario del Partido Comunista de la República Socialista Soviética de Kazajstán, pasó a ser el presidente del nuevo país, y desde entonces se mantiene en el poder a través de comicios que, según observadores internacionales, no cumplieron las condiciones elementales de libertad y transparencia.
De acuerdo al censo del 2009, Kazajstán tiene mayoría de población kazaja, que representa el 63,1% (verde en el mapa); le sigue la minoría rusa, del 23,7%, que mayormente habita en el norte del país. A esto debemos añadirle que durante la época soviética, los puestos directivos de las empresas eran ocupados por rusos, calificados por su formación técnica y científica. 
Si bien Kazajstán es miembro de la Unión Aduanera con la Federación de Rusia y Bielorrusia, de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) y la Organización para la Cooperación de Shanghai, en total sintonía con su poderoso vecino, no por ello la nutrida e influyente minoría rusa deja de ser una vulnerabilidad para el país, en la que Moscú lo tiene en jaque constante. La reciente iniciativa del primer ministro Dmitri Medveved de impulsar el reconocimiento de la ciudadanía a todos los rusos que viven en lo que antiguamente fue el Imperio y la URSS, aun cuando tenga la mira puesta principalmente en Crimea, afecta también a países como Kazajstán y los bálticos como Estonia, con una minoría rusa del 25%, y Letonia, 27,8%; y por supuesto Ucrania, con 17,3%. De acuerdo al proyecto de ley que en breve será tratado por la Duma, los rusos que habitan en otros países de la antigua URSS pueden solicitar el pasaporte, que sería tramitado en sólo tres meses. 
Una vez más, es inevitable recordar lo que fue el Anschluss de Austria a Alemania en 1938, cuando fue anexada; la reivindicación de los germanos de los Sudetes en Checoslovaquia y el trasplante de alemanes de los países bálticos en la Polonia conquistada. ¿Europa se enfrenta de nuevo ante los espectros del irredentismo y las supremacías nacionalistas? Lo que ya fue superado en la Unión Europea, en donde hay democracias liberales respetuosas de los derechos individuales y de las minorías lingüísticas y religiosas, está lejos de ser una realidad cotidiana en el Este de Europa y el centro de Asia.

martes, 11 de marzo de 2014

Escocia, Québec y Crimea.

El próximo domingo 16 de marzo se realizará un referendum en Crimea, con vistas a incorporarse a la Federación de Rusia. La celeridad de la convocatoria despierta varias interrogantes: ¿con qué padrones se votará? ¿Quiénes son las autoridades que velarán el proceso? ¿Qué garantías tienen los opositores a la anexión? ¿Saben los ciudadanos cuáles son las opciones, ventajas y desventajas de lo que está en juego, con apenas diez días para votar? ¿Cómo incide la presencia de las tropas rusas en el resultado? Además de estas dudas, recordemos que la Federación de Rusia ya firmó, en 1997, un tratado por el cual reconoce a la península de Crimea como parte de Ucrania, cuando negoció la situación del puerto de Sevastopol. Asimismo, ya en 1994 los gobiernos de Rusia, Ucrania, Estados Unidos y el Reino Unido firmaron el Memorandum de Budapest, sobre el desarme nuclear de Ucrania y su adhesión al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), en el que explícitamente se reconocía la soberanía, independencia y las fronteras existentes del país. También se comprometieron a abstenerse de la amenaza o el uso de las armas contra la integridad territorial o la independencia de Ucrania.
Sin entrar en más detalles sobre la legalidad, legitimidad y ausencia de transparencia del referendum a celebrarse en Crimea, quiero comparar este proceso con dos referenda: el de Québec, la región francófona de Canadá, y el de Escocia, a celebrarse el 18 de septiembre de este año.
La iniciativa de un referendum escocés sobre la independencia tuvo impulso cuando el Scottish National Party (SNP) ganó la mayoría absoluta del parlamento de Escocia. Si bien esto le daba autoridad moral a su referendum, su convocatoria ha sido fruto de un acuerdo entre las partes involucradas. El Parlamento escocés lo aprobó en diciembre del 2012, las dos cámaras del Parlamento británico en enero del 2013 y la Reina lo promulgó en febrero del 2013. El proceso de la consulta está regulado por una Comisión Electoral y se utilizará el padrón de los comicios locales. Se votará "sí" o "no" a la independencia de Escocia del Reino Unido. Lo interesante es que la alternativa a la independencia es que el Parlamento escocés tendría más poder que ahora de acuerdo a la Scotland Act del 2012 -además de permanecer en el Reino Unido-, si la mayoría optara por el "no". Esta opción no es la que los independentistas quieren, claro está.
Este referendum nos trae a la memoria los dos que se han celebrado en Québec, en donde los francófonos del Parti Québécois han propuesto su independencia de Canadá. El Parti Québécois fue fundado en 1968 y ganó la elección regional en 1976, con el 41% de los sufragios, que se tradujo en 71 bancas de las 110 de la Asamblea. En 1978 se aprobó la ley de convocatoria el referendum, que tuvo lugar en 1980. Se preguntaba a los ciudadanos si aprobaban la negociación de un nuevo acuerdo con Canadá, por el cual Québec recuperaría su soberanía, establecería sus propias leyes, impuestos y relaciones exteriores. Con la participación del 84% de los votantes, el 59,5% votó por el No, en tanto que el 40,5% por el Sí. En 1994, el Parti Québécois retornó al poder en la región, y se celebró un nuevo referendum en 1995. En este caso, la pregunta fue más simple y directa: Si se estaba de acuerdo o no con que la Asamblea 
declarara la soberanía de Québec.
El margen fue estrecho: por el No votó el 50,58%, en tanto que el 49,42% apoyó al Sí, con la altísima participación del 93,52% de los empadronados. 
Tanto en el caso canadiense como el británico, estas consultas se han celebrado tras un proceso de negociaciones dentro del marco legal de esas naciones, en las que las partes acordaron las condiciones y se debatió abiertamente sobre las ventajas y desventajas de la eventual independencia. Los partidos políticos, la sociedad civil, los ámbitos académicos y los medios de comunicación expusieron -y exponen- los distintos puntos de vista en libertad, sin presión de los gobiernos involucrados.
Contrastan, pues, con la celeridad que ha impuesto el nuevo gobierno de Crimea a este referendum envuelto en sombras.


Bibliografía consultada:

Adam Taylor, "Crimea is not Scotland", en The Washington Post, 7 de marzo del 2014.

Ian McLean, Jim Gallagher y Guy Lodge, Scotland's Choices: The Referendum and What Happens Afterwards. Edinburgh, Edinburgh University Press, 2013.
Matthew Mendelssohn y Andrew Parkin (comp.), Referendum Democracy: Citizens, Elites, and Deliberation in Referendum Campaigns. New York, Palgrave, 2001.

sábado, 8 de marzo de 2014

Transdniester: ¿el futuro de Crimea?

El antiguo principado de Moldavia, que data del siglo XIV, fue un territorio disputado entre el Imperio Otomano y Rusia durante centurias. En 1812, por el tratado de Bucarest, la región de Moldavia oriental o Besarabia, ubicada entre los ríos Prut y Dniester, fue cedida al Imperio de Rusia. Bukovina, al norte, fue parte del Imperio Austro-Húngaro. 
¿Cuál es la diferencia entre un moldavo y un rumano? Ninguna. Es la misma lengua y cultura. Lo que actualmente es Rumania logró su independencia en 1878, pero Besarabia siguió bajo la soberanía rusa hasta el derrumbe del zarismo, en 1918. Una asamblea de representantes de Besarabia votó por su incorporación al Reino de Rumania. Los países vencedores de la Gran Guerra no lograron, sin embargo, poner en vigencia el tratado de París, en el que reconocían la nueva integridad territorial, ya que Japón nunca lo llegó a rubricar. Esta gran Rumania se hallaba entre dos países que reclamaban partes de su territorio: Hungría, derrotada en la primera guerra mundial, exigía a Transilvania. La Unión Soviética, por el otro lado, tenía ambiciones de reconquistar a Besarabia. Al este del río Dnieper, en 1924 se formó la República Autónoma Socialista Soviética de Moldavia, dentro de la R. S. S. de Ucrania.
Rumania tuvo que ceder nuevamente la región de Besarabia por el ignominioso Pacto Ribbentropp-Molotov, de agosto de 1939, por el que la URSS y Alemania se repartieron el Este de Europa. La parte meridional de Besarabia fue incorporada a la República Socialista Soviética de Ucrania, en tanto que con el resto se formó la República Socialista Soviética de Moldavia, y a esta se anexó la mayor parte del territorio de la pequeña 
República Autónoma.
Las fronteras que logró Stalin en dicho tratado con Hitler no fueron modificadas en 1945, al terminar la segunda guerra mundial. Poco tiempo después, la misma Rumania entraría en la órbita de países satélites de la URSS.
En diciembre de 1989, los rumanos lograron la caída de la dictadura de Nicolae Ceauşescu. En 1991, Moldavia se independiza de la Unión Soviética y se conjetura con la posible reunificación con Rumania. Sin embargo, en 1992 la población rusa de la orilla oriental del Dniester se enfrenta a los moldavos, en combates que cesaron tras la intervención de las tropas rusas. La región de Transdniester se declaró independiente y, en el año 2006, se celebró un referendum en el cual la mayoría aprobó su futura unificación con la Federación de Rusia, aun cuando se halla ubicada entre Moldavia y Ucrania, sin límite físico con su protector. Transdniester no está reconocida internacionalmente -excepto por Abjazia y Osetia del Sur-.
En estos veinte años tras el congelamiento de la situación, Transdniester ha sido el escenario para un activo tráfico internacional de mujeres y niñas para prostitución, comercio ilegal de armas y uranio, contrabando de automóviles robados, narcotráfico y santuario de criminales en la región, que afecta seriamente las perspectivas de la incorporación de Moldavia a la Unión Europea. En Moldavia ha habido un cambio de gobierno que inició la adopción de legislación para transparentar la función pública y cimentar un Estado de Derecho. 
El proceso de negociaciones diplomáticas del 5+2 (OSCE, Rusia, Moldavia, Ucrania y Transdniester, más la Unión Europea y Estados Unidos como observadores) cobró impulso en el 2011 gracias a la iniciativa de la canciller alemana Angela Merkel quien, en el 2010 junto al entonces presidente ruso Dmitri Medvedev, firmaron el memorandum Meseberg de conversaciones entre las partes. El objetivo de Merkel era no sólo el de solucionar la cuestión de Transdniester, tan conflictiva para la seguridad del continente, sino como un paso hacia un acuerdo general con la Federación de Rusia. Pero el proceso de negociaciones de Meseberg se ha estancado desde el año pasado.
¿Transdniester puede ser el futuro de Crimea? Por su ubicación geográfica, la península ofrece condiciones más atractivas para ser un paraíso de la criminalidad internacional. Sin embargo, a la Federación de Rusia no le convendría amparar una situación de este tipo en donde tiene asentada la flota del Mar Negro.
Si algo nos enseña la historia, es que no hay curso determinado de la humanidad y que el futuro es impredecible.


Bibliografía consultada:

Marcel Mitrasca, Moldava: A Romanian Province under Russian Rule. New York, Algora, 2002.
Stewart Patrick, Weak Links: Fragile States, Global Threats, and International Security. New York, Oxford University Press, 2011.
Anne Clunan y Harold Trinkunas (comp.), Ungoverned Spaces: Alternatives to State Authority in an Era of Softned Sovereignty. Stanford, Stanford Security Studies, 2010.
Janusz Bugajski, Cold Peace. Westport, Praeger, 2004.

viernes, 7 de marzo de 2014

Del vellocino de oro a Sevastopol.

Nos cuenta Apolonio de Rodas, en su Argonáuticas, que Jasón partió con un grupo de héroes hacia la Cólquide (actual Georgia), en el Este del Mar Negro, en busca del vellocino de oro. Esta era la lana áurea de un carnero de grandes poderes que fue sacrificado en honor a Zeus. Jasón partió junto a los valerosos argonautas para obtener el vellocino sagrado, una proeza que le ayudaría a reclamar su derecho legítimo al trono de Yolco.
El llamado Ponto Euxino, hoy Mar Negro, formaba parte del mundo griego. Troya o Ilión estaba ubicada próxima a los estrechos que comunican al Egeo con el Mar Negro, controlando el acceso a las tierras fértiles del Este. 
La ciudad de Bizancio, luego Constantinopla, hoy Estambul, desplegada en el estratégico estrecho del Bósforo a escasos kilómetros del Mar Negro, fue capital de imperios centenarios, el Bizantino -Romano de Oriente- y el Otomano. Tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos, parte de la corte imperial emigró hacia Moscú, entonces capital del principado de Moscovia.
Alcanzar las costas del Mar Negro fue una ambición imperial y estratégica de los zares. Los tátaros, pueblo turcomano, establecieron el janato en Crimea -último vestigio de la Horda de Oro- que fue tributario del Imperio Otomano hasta mediados del siglo XVIII. Para los turcos, su política en el Mar Negro consistía en mantener la tranquilidad de las aguas -entonces un "lago" interior de sus vastas posesiones-, en tanto que las estepas de lo que hoy son Ucrania y el sur de Rusia debían mantenerse en estado de conflicto, una gran región sin límites naturales que contuviera el avance de los moscovitas. Los zares, muy por el contrario, buscaron lo opuesto: dominar y pacificar las estepas, y llegar a las aguas cálidas del Mar Negro, creando puertos con una fuerza naval capaz de enfrentar a los turcos. Si aproximamos la lupa y observamos los detalles, en rigor los turcos no dominaban estrictamente todas las costas del Mar Negro, sino que tenían reinos, janatos y principados vasallos a los que controlaban con fortalezas ubicadas en puntos estratégicos en las costas. El sultán otomano pudo vanagloriarse, durante casi tres siglos, de ser el señor de dos mares, el Negro y el Egeo, logrando eliminar la piratería en esas aguas, además de establecer el monopolio comercial en ellas.
Las estepas, entonces, eran una gran región en conflicto entre tátaros, moscovitas, polacos y cosacos. Los tátaros de Crimea capturaban hombres y mujeres para venderlos como esclavos en los mercados de Estambul; los cosacos, mezcla de eslavos y tátaros, apartados de sus orígenes, combatían alternativamente contra unos u otros. Nikolai Gogol nos ha legado el relato sobre algunas de esas batallas esteparias en su célebre Tarás Bulba
Esos cosacos se enfrentaron a los turcos, procurando la conquista de la fortaleza de Azov. Serán los rusos quienes logren, con lentitud y persistencia, alcanzar las costas del mar de Azov, luego quebrando el monopolio marítimo de los otomanos en el Mar Negro, durante el siglo XVIII. Se podría afirmar que ese mar interior dejaba de ser puramente asiático, para convertirse en una frontera entre ambos continentes.
Con los tratados de Karlowitz (1699) y Estambul (1700) se inició el retroceso otomano. Lo siguieron el de Belgrado (1739) que otorgaba la fortaleza de Azov a los rusos y reconocía derechos limitados al comercio naval ruso en el mar, y el tratado de Küçük Kaynarca (1774) que eliminaba las restricciones a la navegación mercantil rusa, ampliado en los decenios posteriores a otras naciones. En este documento, el Imperio de Rusia reconocía la independencia del janato de Crimea, que ya dejaba de ser vasallo de los otomanos, hasta que la zarina Catalina anexó la península en 1783. El príncipe Potiemkin, protegido y favorito de la zarina, fundó el puerto de Sevastopol, fortaleza de la Armada rusa.
Por los tratados de Adrianópolis y Hünkar Iskelesi los otomanos reconocieron a los rusos el libre paso por los estrechos del Bósforo y Dardanelos, cediendo el Sultán nuevos territorios en la orilla septentrional. La guerra de Crimea desbarató en gran parte los planes rusos, ya que el Mar Negro fue declarado neutral, pero desde San Petersburgo se repudió esta situación en la guerra de 1877-78. Fue la diplomacia franco-británica la que sostuvo al Imperio Otomano, entonces ya devenido en el "hombre enfermo de Europa".
Y es que los zares aspiraban a recuperar Constantinopla para la Cristiandad: este fue un mito imperial que dio vida al desarrollo de la estrategia rusa hacia el Mar Negro, el Egeo y al debilitamiento del Imperio Otomano. Sevastopol era el centro del poder naval en el sur, con aspiraciones a proyectarse hacia el Mediterráneo. 
A la ocupación de Estambul y el control de los estrechos aspiró la diplomacia zarista durante la primera guerra mundial, que soñaba con denominar "Tsargrad" (la ciudad del Zar) a la vieja Constantinopla. 
Pero estos argonautas no llegaron a arrebatar el vellocino de oro y perdieron el favor de los dioses.


Bibliografía consultada:

Charles King, The Black Sea: A History. Oxford, Oxford University Press, 2004.
Pia Guldager Bilder y Jane Hjarl Petersen (comp.), Meetings of Cultures in the Black Sea Region. Aarhus, Aarhus University Press, 2008.

lunes, 3 de marzo de 2014

Tocqueville, Smith y Putin.

En la última página de las conclusiones del primer tomo de La Democracia en América, cerrando el volumen de uno de los textos más preclaros de la filosofía política del siglo XIX, Alexis de Tocqueville comparaba los avances de los rusos y estadounidenses hacia sus nuevas fronteras. El pensador y político galo puso énfasis en el carácter militar y fuertemente autocrático del imperio zarista: el ruso "concentra en un hombre todo el poder de la sociedad". 
Esta constante de la historia rusa ha llegado hasta hoy: desde los zares autócratas, pasando por los líderes soviéticos y ahora con los presidentes post-soviéticos, no han sido capaces de crear instituciones que equilibren el poder del Ejecutivo, ni en lo horizontal ni desde las regiones: lo más acertado sería concluir que no han querido hacerlo. 
Vladimir Putin es heredero de las viejas aspiraciones imperiales que comenzaron a establecerse en el principado de Moscovia, cuando Iván III contrajo matrimonio en 1472 con Zoe Paleogonina, nieta del emperador bizantino Constantino IX. Con ella arribó la corte del fenecido imperio, y llevaron los conceptos políticos y religiosos de la autocracia césaro-papista, la idea de Moscú como "la tercera Roma" y los símbolos como el águila bicéfala, que mira a Oriente y Occidente, con ansias de dominio universal. El término "zar" deriva de "caesar". Si bien la expansión rusa no fue siempre encabezada por sus militares -hacia el Este, quienes abrieron el camino fueron los cazadores de pieles-, esta fuerte impronta atravesó todas las etapas de su historia, aun en la aparente ruptura del socialismo que, en definitiva, no fue sino otra religión de pretensiones universales.
¿Está Occidente en condiciones de responder a la invasión rusa a Ucrania? Putin es especialmente sensible a la imagen que proyecta, y así lo ha demostrado con los juegos olímpicos de Sochi. Pretende recordar al planeta que Rusia ha vuelto a ser uno de los grandes países, tras aquellos años de fragilidad tras el colapso soviético. Pero su economía no es sólida y no puede enemistarse con su principal cliente: la Unión Europea. El gobierno de la República Popular de China no lo acompañará en esta aventura, ya que esta intervención en Crimea va en sentido contrario a uno de sus postulados más caros: el rechazo a todo separatismo, pensando en las reivindicaciones independentistas del Tíbet y Xinjiang.
Más allá de las sanciones que Occidente pueda blandir contra Rusia, lo que todas las partes quieren obtener es una ganancia: ninguno quiere mostrar que ha sido débil o que cedió ante la presión de los demás. Putin debe ser plenamente consciente de sus debilidades, pero no las exhibirá, ni mucho menos las reconocerá.
Parafraseando a Adam Smith en La riqueza de las naciones, no es de la benevolencia de Vladimir Putin que debamos esperar la paz y el respeto a la independencia de Ucrania, sino a su propio interés. 

Bibliografía consultada:

Patrick March, Eastern Destiny: Russia in Asia and North Pacific. Westport, Praeger, 1996.
John P. LeDonne, The Grand Strategy of the Russian Empire, 1650-1831. New York, Oxford University Press, 2004.

domingo, 2 de marzo de 2014

Minorías y vecinos imperiales.

Cuando se creó la República Checoslovaca, el nuevo país nacía entre los escombros que dejaba una guerra que fue mucho más larga de lo que se había imaginado. Tras cuatro años, los imperios centrales de Alemania y Austria-Hungría firmaron el armisticio, aun cuando no se habían librado combates en sus territorios. A fines de 1918, los alemanes no sólo aún ocupaban parte de Francia y Bélgica, sino también extensas regiones de lo que hoy son Ucrania, Polonia y el Cáucaso.
Checoslovaquia nacía como uno de los países vencedores de la Gran Guerra, y se independizaba del Imperio Austro-Húngaro, al que fue anexado el Reino de Bohemia. El antiguo Reino de Bohemia y Moravia -lo que hoy es República Checa- era habitado por una mayoría checa y una nutrida minoría alemana. Eslovaquia, en cambio, estaba bajo la corona húngara, y la franja meridional estaba poblada por magiares. Más al oriente, se incorporaba a Checoslovaquia la región de Rutenia, también conocida como Rusia Subcarpática o Ucrania Transcarpática.
El nombre "Checoslovaquia" no correspondía a la composición de nacionalidades del nuevo país: de haberse tenido en cuenta la relación demográfica, debiera haberse llamado "República Checogermanaeslovacahúngara", un tanto cacofónico. Los alemanes, es decir, aquellos que hablaban en alemán como lengua materna, eran el 23% de la población.
El nuevo país nació democrático y pluralista y, si bien los checos y eslovacos tuvieron el protagonismo político, los alemanes y magiares tuvieron sus propios partidos políticos y plenos derechos cívicos, con representación parlamentaria. Tras algunos intentos de la minoría alemana de integrarse a Austria, el mapa fue favorable a los designios de los ganadores de la guerra.
La minoría germana fue abrazando el nacionalsocialismo de Adolf Hitler en el decenio de los treinta. Se formó en Checoslovaquia el partido de los Sudetes de Konrad Henlein, un instrumento del nazismo y que reclamaba mayores grados de autonomía. Esta formación política tuvo el respaldo de la abrumadora mayoría de los alemanes de los Sudetes, un apoyo del que se sirvió Hitler para reclamar su anexión a Alemania.
Cuando en 1938 los Sudetes fueron ocupados por Alemania -con el visto bueno del Reino Unido, Francia e Italia por el Pacto de Munich-, y luego en marzo de 1939 lo que quedaba de Bohemia y Moravia, los checos no tenían posibilidad de resistencia militar, ya que las líneas de defensa se hallaban en regiones habitadas por alemanes. Austria había sido anexada poco tiempo antes en el Anschluss. Hitler proclamó el Protectorado de Bohemia y Moravia, en donde se comenzó a practicar una política de germanización de la población checa, un experimento social que anticipaba sus planes para el resto de Europa central y oriental.
Tras la segunda guerra mundial, los tres millones de alemanes de los Sudetes fueron expulsados, no sólo por decisión de los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, sino también por el gobierno checoslovaco que retornaba del exilio.
Esta lección histórica fue tomada en cuenta por el gobierno de Estonia cuando declaró su independencia en 1991 en los momentos en que Mijail Gorbachov estaba secuestrado en Crimea. Aprovechando ese instante de debilidad, los estonios establecieron que la ciudadanía era exclusiva para esta nacionalidad, quedando fuera la minoría rusa que, entonces, alcanzaba al 30%. Esto implicaba que un tercio de la población no tenía representación parlamentaria, ni siquiera pasaporte. Los rusos que viven en Estonia pueden obtener la ciudadanía tras rendir exámenes que acrediten su conocimiento de lengua, historia y costumbres, un requisito que pocos cumplen. Muchos han optado por retornar a Rusia, descendiendo el porcentaje de esta minoría sin ciudadanía.
Considero que esta situación es aberrante: creo en la responsabilidad individual, no en la colectiva. No obstante, y a la luz de la presión que ejerce la Federación de Rusia sobre los países vecinos -Kazajistán, Ucrania, Georgia, Bielorrusia-, parece haber sido la solución acertada para la supervivencia de la independencia estonia. En tanto los gobiernos rusos -y la sociedad- no acepten e incorporen los valores de la libertad, el pluralismo, la democracia y el Estado de Derecho, su convivencia con el resto Europa y Asia será siempre conflictiva, al borde de la guerra.

Bibliografía consultada:

Lars Johannsen y Karin Hilmer Pedersen (comp.), Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries. Aarhus, Aarhus University Press, 2009.
Věra Olivová, Dějiny první republiky. Praha, Karolinum, 2000.
Ivan Gabal et al., Etnické menšiny ve střední Evropě. Praga, GG, 2000.