domingo, 18 de junio de 2017

La era Macron.


La segunda vuelta de los comicios para la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento francés, confirmó el inicio de una nueva era política: la de Emmanuel Macron. Los dos grandes partidos tradicionales de la V República, los conservadores gaullistas reunidos en Los Republicanos, y el Partido Socialista, han quedado desplazados en las urnas. Todo estaba servido para el triunfo de Los Republicanos, pero la debacle comenzó cuando su candidato François Fillon tuvo que hacer frente a las revelaciones del semanario Le Canard Enchainé sobre los falsos empleos que habrían tenido su esposa e hijos a costa de los contribuyentes. Fillon apeló a un electorado que prestó más atención a su discurso sobre la familia tradicional, pero no le resultó suficiente para llegar al ballottage. Así, Los Republicanos se vieron desplazados por un recién llegado, un parvenu de la política como Emmanuel Macron, que hizo frente a la amenaza populista ultranacionalista de Marine Le Pen.
El Partido Socialista francés, la contracara del gaullismo, quedó ampliamente derrotado tras el quinquenio deslucido y decadente del presidente Hollande, quien ni siquiera se animó a presentarse a la reelección. 
El joven partido del presidente Macron, La République en Marche, en alianza al centrista Mouvement Démocratique (MODEM) de François Bayrou, ha logrado 359 escaños de la Asamblea Nacional, en tanto que la principal fuerza opositora serán Los Republicanos, con 131, en alianza con la centrista UDI. Los socialistas habrán de conformarse con menos, tan sólo treinta bancas. 
El Frente Nacional, finalmente, cosechó menos curules de los que había proyectado. En los conteos de la noche del domingo, se estiman ocho, sumando a Marine Le Pen, que por primera vez ingresa al hemiciclo. Desde la extrema izquierda asoma el bloque de la Francia Insumisa con Jean Luc Mélenchon, un admirador del régimen bolivariano de Venezuela, así como ocho diputados del Partido Comunista.
Es claro que se abrirá un ciclo de disputas por el liderazgo tanto entre los conservadores como en el Partido Socialista. La mayoría holgada de 359 bancas sobre un total de 577 le da una gran oportunidad al presidente Macron para dar inicio a las reformas profundas que se precisan en Francia, para darle competitividad y productividad a su economía, tan regulada y asfixiada por un enorme sector estatal. Francia casi triplica el porcentaje de empleo público con respecto al de la República Federal Alemana, y es casi diez puntos superior al promedio de la OCDE. Con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Francia cobra mayor importancia para el proceso de integración tan cuestionado en estos años. Será el único país del bloque europeo con un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, el único con capacidad nuclear y con un rol protagónico en África. Pero este despliegue político, diplomático y militar debe estar respaldado por crecimiento económico, el elemento que está fallando en la ecuación gala. A esto se añade la conflictiva relación que los franceses tienen con la región del Magreb, con el mundo árabe en general, los problemas de integración de los inmigrantes y la alta tasa de desempleo de los jóvenes.
El presidente Macron, no obstante, no tiene un cheque en blanco, más allá de la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional: la baja participación en los comicios es un llamado de atención, que no deslegitima el resultado, pero que sí advierte de la falta de entusiasmo de más de la mitad de los ciudadanos.

domingo, 11 de junio de 2017

Elecciones británicas y francesas.


El jueves 8 de junio se celebraron elecciones anticipadas en el Reino Unido, por convocatoria de la primera ministra Theresa May, con el objetivo de ampliar la mayoría conservadora en el Parlamento. Falló. La mayoría obtenida en 2015, con David Cameron, se redujo a ser la primera minoría en la Cámara de los Comunes, por lo que deberá recurrir a los votos del Partido Unionista del Ulster, de Irlanda del Norte, para alcanzar el número necesario de 326 escaños. Severo traspié para Theresa May, quien asumió como primera ministro tras la renuncia de Cameron, al triunfar la opción de la salida del Reino Unido de la Unión Europea en 2016, más conocido como Brexit. En el régimen parlamentario británico, el primer ministro es el presidente del partido mayoritario -o, como en este caso, de la primera minoría a la que la Reina le otorgue el mandato de formar gobierno-. Al renunciar Cameron, se realizó una elección en la bancada conservadora para elegir a su sucesor, y Theresa May ganó frente a Andrea Leadsom y Michael Gove. 
May apostó a negociar desde una postura de dureza frente a la Unión Europea, que no le hace fácil la salida, lo que es una señal fuerte hacia quienes sueñen con hacer lo mismo en el futuro. Por otro lado, Theresa May buscaba un mandato claro que le permitiera gobernar durante un quinquenio en medio de las turbulencias del Brexit, que tendrá un alto costo económico para los ciudadanos. La paradoja es que este resultado electoral agrega incertidumbre al Reino Unido por los próximos años. La alternativa laborista de Jeremy Corbyn, un líder muy cuestionado por su propia bancada pero que recibe el apoyo entusiasta de sus militantes, está muy corrido a la izquierda y rompió con la política amigable a la economía de mercado de Tony Blair, el político que llevó a la victoria a su partido en 1997 después de dieciocho años en la oposición. No obstante, es difícil predecir si Corbyn alcanzó su propio techo, o si bien este corrimiento a la izquierda del laborismo será la tónica imperante de los próximos años.
El Scottish National Party (SNP), que impulsa la independencia escocesa, ha retrocedido en escaños en Westminster, en tanto que los Liberal Demócratas apenas han subido, tras la debacle de 2015, a pesar de su discurso europeísta con el afán de sumar las voluntades de quienes se opusieron al Brexit en 2016. Este tercer partido, resultado de la fusión del viejo Partido Liberal (whig) con el Partido Socialdemócrata en 1988 -escisión del laborismo-, sigue pagando los costos de su coalición con David Cameron en 2010-2015. El UKIP, el gran impulsor del Brexit, ha quedado en la irrelevancia al recoger un magro 1,8% a nivel nacional, sin bancas en la Cámara de los Comunes.
Tres días después, el domingo 11 de junio, Francia fue nuevamente escenario electoral, esta vez de renovación de la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento galo. Estos comicios tienen doble vuelta, y los diputados son elegidos en circunscripciones uninominales, debiendo alcanzar el 50% en la primera ronda, o la mayoría simple en la segunda, del domingo 18 de junio. El tsunami de Emmanuel Macron llegó a las urnas parlamentarias, ya que su nuevo partido La République en Marche (LREM) estaría obteniendo una arrolladora mayoría de 400 bancas, de un total de 577. Esto le permitiría gobernar sin la necesidad de formar coalición con alguno de los dos partidos tradicionales de la Francia de posguerra, a saber, el Partido Socialista (PS) o los conservadores neogaullistas (Los Republicanos, LR). La formación conservadora quedará como principal fuerza de oposición, aunque con una voz reducida, en torno al centenar de escaños. Los otros partidos, juntarán apenas puñados de decenas, o el Frente Nacional de Le Pen, menos de diez curules. Esta vertiginosa reconfiguración del sistema de partidos de la democracia francesa le da aire al presidente Macron para emprender las reformas necesarias de modernización y flexibilización de la economía, en una sociedad tan acostumbrada al estatismo y las regulaciones que la han hecho rígida y poco competitiva. 
En ambos países, el sistema de circunscripciones uninominales -en Europa conocido como sistema mayoritario- pone en evidencia, una vez más, cómo distorsiona los resultados, brindando una supremacía artificial de bancas al partido más votado.
Estos dos procesos electorales testimonian los cambios profundos que se están operando en las democracias occidentales, que hacen temblar los cimientos de los partidos tradicionales. Los líderes de estas formaciones no están haciendo la lectura certera de los acontecimientos, envueltos en la vorágine, y pretenden refugiarse en lo conocido, sin advertir que corren riesgo de extinción. Los franceses, si bien hay una abstención mayoritaria, se han volcado por una alternativa de centro, alejada del populismo. Los británicos, en cambio, se adentraron por un camino de incertidumbre hacia la soledad, mientras debaten su propia identidad por las tendencias centrífugas de escoceses, norirlandeses y galeses.


jueves, 25 de mayo de 2017

Donald Trump en Medio Oriente.


El presidente Donald Trump, en su gira por Medio Oriente, dejó en el olvido sus proclamas antiislámicas y, particularmente, contra Arabia Saudí durante la campaña electoral de 2016. El régimen saudí también lo hizo. Fue más fuerte el compromiso de compra de armamentos por valor de 110.000 millones de dólares en diez años, adquisición que servirá para esta monarquía absoluta del Golfo Pérsico como elemento disuasivo frente a la República Islámica de Irán, un enemigo que tiene en común con el Estado de Israel. Una cifra que supera a la ya considerable de 38.000 millones de dólares de ayuda militar de Estados Unidos al Estado de Israel, rubricado por el entonces presidente Obama en septiembre de 2016.
Tras la primera guerra mundial, en el mundo árabe -hasta entonces mayormente sometido por el moribundo Imperio Otomano- se desarrolló la idea de unificarse en un solo Estado con la monarquía como forma de gobierno. Esta promesa se diluyó cuando amplios territorios de población árabe fueron otorgados como "mandatos" de la Sociedad de las Naciones a Francia y el Reino Unido, que los asistirían hasta alcanzar su capacidad de gobernarse a sí mismos. En el ajetreado período de entreguerras, en las monarquías hachemitas de Irak y Transjordania -tuteladas por Gran Bretaña- como en Siria -bajo mandato francés- se sintió la influencia germánica para unificarse, con un fuerte contenido antisemita y contrario a las democracias occidentales. Este sentimiento panarabista -que ponía énfasis en la lengua y cultura árabes como elementos centrales, no en la religión-, se vio fortalecido y expresado políticamente después de la segunda guerra mundial, con la retirada de británicos y franceses de Medio Oriente. Fue Nasser quien supo encarnar al panarabismo secular, de apariencia "republicana" y socialista; en tanto que Arabia Saudí se presentaba como la expresión de lo árabe con acento en la religión islámica, la monarquía absoluta tradicional y en alianza con los Estados Unidos. Nació, así, la "guerra fría árabe" entre Egipto y Arabia Saudí, que tuvo escenarios de enfrentamiento indirecto como Yemen. Esta "guerra fría árabe" se diluyó cuando Anwar al Sadat trabó alianza con los Estados Unidos y dejó a un lado las pretensiones de liderazgo del mundo árabe, al ser el primero en reconocer diplomáticamente al Estado de Israel. 
Contemporáneamente, el eje del conflicto se trasladó al plano religioso. Ya no con Egipto en torno a la unificación de los pueblos árabes, sino de Arabia Saudí con Irán en torno al panislamismo. La dinámica se hizo más explosiva, ya que la República Islámica de Irán es un régimen de apariencia republicana y de inspiración teocrática, pero de la corriente minoritaria del Islam, la Shía duodecimana. La monarquía saudí se siguió presentando como el gran centro islámico de los sunnitas, en tanto que Irán de los shiítas. La singularidad de la monarquía de la familia Saud es que en su territorio se encuentran dos centros históricos para la historia islámica, a saber: Makka (La Meca) y Madina (Medina), y a la primera de estas ciudades es que los musulmanes deben peregrinar por lo menos una vez en la vida. La revolución islámica iraní, que depuso a la monarquía del Sha Mohammed Reza Pahlevi, comenzó a poner en cuestión a este tipo de regímenes, ya que señalan que no es de carácter musulmán. Comenzó, de este modo, la "guerra fría del Golfo Pérsico".
Claramente hay una diferencia abismal entre el modo de vida occidental de Estados Unidos, de imperio de la ley y libertad individual, con respecto al de Arabia Saudí. El régimen de los Saud tampoco ha reconocido al Estado de Israel; no obstante, los tres países tienen un enemigo en común, que es Irán. De allí que, más allá de toda la retórica antisionista de Arabia Saudí, este país nunca participó de las coaliciones militares contra Israel. Hay una alianza tácita, unidos por el espanto, frente a Irán, que sostiene a Hizballah en Siria y actualmente a los rebeldes Huthi en Yemen en su guerra contra el gobierno, aliado a Arabia Saudí. 
No se trata, pues, sólo de desear la paz, sino de mantener un equilibrio delicado para evitar conflictos.
Medio Oriente, con su intrincada complejidad, escapa a todos los moldes que pretendan encuadrarlo en bloques nítidos. Esto lo aprendieron a la fuerza todos los poderes extraterritoriales que allí se adentraron, con mayor o menor fortuna. También lo aprendió la diplomacia estadounidense tras la segunda guerra mundial, y es preciso que la nueva administración no busque reducir a simplismos un escenario tan explosivo y con tantos matices sutiles, a fin de evitar males mayores de alcances planetarios.

lunes, 15 de mayo de 2017

El eje Merkel-Macron


Lunes 15 de mayo de 2017: Emmanuel Macron viajó a Berlín para reunirse con la canciller Angela Merkel, en su primer día en la primera magistratura. Es evidente que el presidente galo conoce bien el lenguaje de lo simbólico, al exponer su deseo de que el eje París-Berlín se afiance en medio de tantos terremotos para la Unión Europea. Se remontan a la alianza entre De Gaulle y Konrad Adenauer después de la segunda guerra mundial, como señal de los nuevos tiempos que nacían tras dos conflagraciones de alcance planetario. Y si sumamos la guerra franco-prusiana de 1870, fueron tres los conflictos armados entre ambas naciones en menos de una centuria. Viejos y exhaustos rivales, alemanes y franceses tomaron conciencia de los horrores de la guerra, de las heridas que nunca terminaban de cerrar, y de que el centro político y económico se desplazaba hacia otros países que emergían victoriosos de las cenizas de 1945: los Estados Unidos, al otro lado del Atlántico, y la Unión Soviética, el baluarte del marxismo-leninismo que manejaba Stalin con su implacable mano de hierro. Y a pesar de las diferencias ideológicas de los mandatarios alemanes y franceses, ese eje se mantuvo vivo con François Mitterrand (socialista) y Helmut Kohl (demócrata cristiano), y más recientemente con Jacques Chirac (conservador gaullista) y Gerhard Schröder (socialdemócrata).
De allí la importancia crucial y trascendente de construir lo que hoy es la Unión Europea, a partir de procesos de integración que buscaban derribar las fronteras de la desconfianza y del recuerdo más doloroso. La República Federal Alemana es el motor económico; la República Francesa es el motor político y diplomático, además de ser uno de los grandes países desarrollados. El triunfo de Emmanuel Macron pudo aventar el peligro de un quinquenio ultranacionalista y populista en París; la canciller Merkel, que buscará su cuarto mandato en septiembre de este año, se ha transformado en la referente ineludible de la UE frente a la crisis económica europea, el Brexit, del ascenso económico y político de la República Popular China, de las presiones de Vladimir Putin y los aires proteccionistas que ventila el presidente Trump. 
Angela Merkel ha encabezado dos de los tres gobiernos de "gran coalición" en la historia de la República Federal Alemana, conformados por la CDU (Unión Demócrata Cristiana) y el SPD (Partido Socialdemócrata), poniendo en evidencia su capacidad de liderazgo y flexibilidad. Cuando muchos se mostraban entusiastas del candidato socialdemócrata Martin Schulz para estos comicios, que ganaba terreno en las encuestas, la CDU logró en el último mes apoderarse de dos regiones hasta hoy administradas por el SPD: Schleswig-Holstein y Nordrhein-Westphalen, dos señales de espaldarazo a la canciller. Estos comicios marcan, también, el repunte de un aliado tradicional para la CDU a nivel nacional, como el partido liberal FDP, que en 2013 quedó fuera del Bundestag (cámara baja del parlamento germano) al no alcanzar el 5% mínimo de sufragios emitidos. Es muy probable, entonces, que en septiembre la CDU de Angela Merkel gane los comicios y que pueda gobernar en coalición con el FDP, su aliado natural, y la Unión Social Cristiana (CSU) de la región de Baviera, el gemelo meridional de la CDU. La fuerza populista euroescéptica y antiinmigrante que surgió con fuerza en estos años, la Alternativa para Alemania (AfD, Alternative für Deutschland), ha logrado ingresar a varios parlamentos regionales, y probablemente logre alcanzar el 5% nacional para ingresar al Bundestag. No obstante, está perdiendo el impulso inicial. Merkel, por consiguiente, no tiene frente a sí un desafío euroescéptico de la envergadura del Frente Nacional de la familia Le Pen. El SPD es un partido europeísta y su candidato a canciller, Martin Schulz, fue presidente del Parlamento Europeo. Los partidos alemanes que son críticos de la UE, la AfD y Die Linke ("La Izquierda", formada por los antiguos comunistas de la desaparecida Alemania oriental y el desgajo más a la izquierda de Oskar Lafontaine del SPD), no son rivales significativos y se ubican en los extremos del espectro ideológico. Cabe suponer, pues, que el próximo gobierno de coalición de Merkel será de centro-derecha hasta el 2021.
El presidente Macron, que nombró como primer ministro al conservador Édouard Philippe, del partido Los Republicanos, da una señal de que quiere orientar a su quinquenio hacia las reformas que hagan económicamente competitiva a Francia. Con un enorme peso del Estado en la economía gala, el sector público tiene un porcentaje de empleados muy superior al promedio de los países de la OCDE, triplicando el de la República Federal Alemana. Emmanuel Macron tiene como objetivo dar un oxígeno liberalizador a la economía y la sociedad, desmontando el estatismo intervencionista que le resta dinamismo a los franceses. De allí, entonces, que busque un gobierno en el que sume a los conservadores y a los sectores más centristas del Partido Socialista, con miras a tener una sólida mayoría parlamentaria en las elecciones legislativas del 11 y 18 de junio.
Si ambos líderes logran consolidarse, trabajar a la par y poner en marcha las reformas necesarias e ineludibles, la Unión Europea podrá ser un actor global frente a los desafíos internacionales que golpean a sus puertas, y devolver el entusiasmo al proyecto de la integración continental.



Otras lecturas recomendadas:

Merkel Gaining Political Momentum in Run-up to September 24 Election, por Jeffrey Rathke (CSIS).

lunes, 8 de mayo de 2017

Macron, Le Pen y después.


El universo democrático, en particular el europeo, respira aliviado con la victoria de Emmanuel Macron sobre la ultranacionalista Marine Le Pen en el ballottage del domingo 7 de mayo. 
Una vez más, aunque esta vez por un margen menor que el de 2002 de Jacques Chirac frente a Jean Marie Le Pen, el espectro del Frente Nacional ha quedado eliminado por los próximos cinco años de acceder a la presidencia de la República Francesa. Pero esta naturalización del Frente Nacional en la política gala no es sana: junto a los votos que recogió Jean Luc Mélenchon, un 40% de los ciudadanos franceses se ha volcado por fuerzas políticas que se alimentan de los extremos ideológicos. Marine Le Pen es consciente de que su intento de "desdemonización" de su apellido y del partido que encabeza no ha alcanzado sus objetivos, al quedar por debajo del 40% de los sufragios que se había propuesto sumar en esta segunda vuelta. Su techo es más alto que el de su padre, pero aun así no es suficiente para arribar a la primera magistratura del país. Es por ello que, en la misma noche en la que reconocía la victoria de Macron, llamaba a refundar su movimiento político. ¿Alcanzará un cambio de nombre y estilo? Difícilmente, ya que su trayectoria es inocultable y, por otro lado, puede significar el resquebrajamiento de su partido. Ya intentó darle una lavada de cara al crear la coalición Rassemblement Bleu Marine (RBM) en 2012, sin mucho éxito. La otra figura descollante del Frente Nacional es la sobrina de Marine y nieta de Jean Marie Le Pen, diputada del FN Marion Maréchal-Le Pen, de la circunscripción de Vaucluse, sur de Francia, región donde se halla uno de los núcleos fuertes del ultranacionalismo galo y donde el partido ha conseguido sus dos curules legislativos. La familia Le Pen no ha logrado traducir el porcentaje que obtiene en las elecciones presidenciales en bancas parlamentarias, ya que el sistema electoral de circunscripciones uninominales con doble vuelta es una valla poderosa para impedir el acceso de partidos anti-sistema a la Asamblea Nacional. El 11 y 18 de junio se celebrarán los comicios para la cámara de diputados (Asamblea Nacional), oportunidad en la que competirá por primera vez el partido del presidente electo Emmanuel Macron En Marche!, frente a los conservadores y socialistas. Lo que ha ocurrido, hasta la última elección parlamentaria del 2012, es que los partidos democráticos tradicionales se unieron en torno al candidato más votado para evitar el triunfo del Frente Nacional en las segundas vueltas. Ahora se suma el novedoso partido de Macron a esta estrategia de los llamados "frentes republicanos". Muy diferente ha sido la suerte del Frente Nacional en las elecciones para el Parlamento Europeo, ya que en estos comicios cada país es un solo distrito electoral y por elección proporcional, de allí que 24 de los 74 diputados que representan a Francia en Estrasburgo. 
Esta importancia numérica de los votantes por los partidos de los extremos ideológicos es un desafío para la estabilidad de los sistemas democráticos, sobre todo en tiempos de crisis para la Unión Europea. Aupados a la crítica despiadada al proceso de integración europea, apelan constantemente a las emociones negativas contra la modernidad, la globalización, la inmigración, la diversidad, la economía de mercado y la búsqueda de consensos fundamentales que nutre a las democracias liberales. 
El triunfo de Emmanuel Macron supone, también, un freno a la influencia creciente del presidente ruso Vladímir Putin, que viene sosteniendo a los partidos euroescépticos con recursos. En 2014, el Frente Nacional obtuvo un importante préstamo de un banco ruso de nueve millones de dólares, con el guiño de Putin, poco tiempo después de que Rusia anexara la península de Crimea. Esta sintonía ideológica de los Le Pen con el régimen de Putin se tradujo en un fuerte apoyo a la política exterior rusa en Europa y Medio Oriente, distanciándose de las posturas de la Unión Europea y los Estados Unidos.
Es, pues, vital que el nuevo presidente francés pueda formar un gobierno estable -seguramente de coalición con alguno de los dos grandes partidos tradicionales tras las elecciones de junio- que pueda despertar de nuevo la confianza y el entusiasmo en las instituciones representativas y en la UE. De otro modo, tras este quinquenio las fuerzas extremas seguirán carcomiendo a las fuerzas del centro político, núcleo esencial de la vida democrática.

martes, 2 de mayo de 2017

A 70 años de la Constitución de Japón



El 3 de mayo de 2017 se cumplen setenta años de la entrada en vigencia de la Constitución de Japón de la posguerra, un documento que fue redactado por juristas estadounidenses y presentado a las autoridades provisionales del archipiélago en noviembre de 1946. Desde septiembre de 1945, tras la firma del armisticio de Japón con las potencias Aliadas en el USS Missouri, hasta la firma en 1951 del Tratado de Paz de San Francisco, el territorio nipón fue administrado y supervisado por los Estados Unidos. La figura descollante del primer período como supervisor fue el General Douglas MacArthur, quien ocupó esa posición hasta que pasó a encabezar las fuerzas militares de la ONU en la Guerra de Corea.
Con el propósito de democratizar y desmilitarizar a la sociedad japonesa, las autoridades de ocupación impusieron una serie de iniciativas constitucionales, legislativas, económicas y sociales. Una de ellas fue, pues, un nuevo texto constitucional que reemplazara a la Constitución de la Era Meiji, de 1889, establecida en tiempos del Emperador Mutsuhito. La antigua arquitectura constitucional colocaba a las fuerzas armadas bajo la supervisión directa del emperador, sin que el poder civil -Parlamento o Gabinete de Ministros- pudiese intervenir. De acuerdo a la nueva Constitución de 1947, el emperador pasaba a ser un monarca constitucional al estilo británico, símbolo de la unidad nacional y del pueblo japonés. El artículo más significativo del nuevo texto, no obstante, era el noveno: Japón se imponía una restricción constitucional a no utilizar la fuerza bélica para la resolución de los conflictos internacionales, salvo en el caso de su propia defensa, y a no contar con fuerzas armadas permanentes. Tras decenios de expansión militar a costa de sus vecinos -guerra sino-japonesa de 1894-1895, guerra ruso-japonesa de 1904-1905, anexión de Corea entre 1910 hasta 1945, invasión de Manchuria a partir de 1931 e invasión de China a partir de 1937 hasta 1945, invasión de Filipinas, la actual Indonesia, Asia Sudoriental, Hong Kong, Singapur, Malasia e islas del Pacífico durante la segunda guerra mundial-, el país del sol naciente era observado como agresor y opresor en Asia Oriental y el Sudeste asiático. Los crímenes cometidos por sus fuerzas invasoras han quedado fuertemente impregnados en la memoria, por lo que el Japón renacido debió optar por la vía pacífica tras la segunda conflagración planetaria, a fin de poder reconstruir su sociedad y economía con cimientos nuevos, en el marco de la democracia liberal y la economía de mercado. De allí que la Constitución pacifista de 1947 tuvo y tiene gran adhesión de la población nipona.
Sin embargo, al comenzar la guerra fría se conformó  en los años cincuenta una fuerza de auto-defensa y, con el correr de los decenios, fue volcando crecientes cantidades del presupuesto nacional en el desarrollo de un escudo anti-misiles para resistir eventuales ataques de sus vecinos más próximos. Tras la disolución de la Unión Soviética, en Japón se manejan tres hipótesis de conflicto, a saber: 1) Corea del Norte, 2) la República Popular de China y 3) un misil lanzado por error o por problemas de mantenimiento desde la Federación de Rusia. 
La intensificación de la carrera armamentista en Asia Oriental ha servido para que el primer ministro japonés Shinzo Abe pudiera impulsar una reinterpretación del artículo 9 de la Constitución, a fin de que se le permitiera involucrarse en la "auto-defensa colectiva" de las operaciones militares de los Estados Unidos en el Océano Pacífico, junto a Australia, Corea del Sur y la India. La convergencia de intereses militares y políticos de la Federación de Rusia y la República Popular de China no pasa inadvertida para el gobierno japonés, a pesar de los intentos de acercamiento al presidente Vladímir Putin por parte del primer ministro Abe. En septiembre de 2016 se realizó el primer ejercicio naval conjunto de rusos y chinos en el Mar de China del Sur, lo que ubica al gobierno de Moscú como un socio estratégico de Beijing en el Pacífico. Con Rusia (y antes la URSS), los gobiernos japoneses de la posguerra vienen sosteniendo el reclamo de cuatro de las islas Kuriles. Shinzo Abe ha propuesto al presidente Putin una fuerte inversión para modernizar las regiones orientales de Rusia, y luego negociar la reintegración de las cuatro islas, una iniciativa que se va diluyendo con el tiempo. Con la República Popular China, en los últimos años cobró relevancia la disputa por las islas Senkaku/Diaoyu, en posesión nipona.
En este contexto, la ley de reinterpretación de la Constitución japonesa fue ampliamente apoyada por el Partido Demócrata Liberal japonés, aprobada en septiembre de 2015. Por primera vez desde entonces, el lunes 1° de mayo de 2017 una nave portahelicópteros, el Izumo, y otras tres embarcaciones sirven de apoyo a la flota estadounidense que ingresó en la región, a fin de disuadir al gobierno norcoreano en sus pruebas de misiles balísticos. 
El premier Shinzo Abe es un partidario de enmendar la Constitución japonesa y el escenario de escalada bélica en la región acompaña sus pretensiones. Sería, entonces, la primera reforma al texto constitucional. Pero una enmienda del artículo 9 requiere la aprobación de los dos tercios de cada cámara legislativa, y luego un referendum por simple mayoría. Esta rigidez entra en colisión con la velocidad que querría el primer ministro para hacer esta reforma que, de acuerdo a la reciente encuesta de Kyodo News, es apoyada por el 49% de los consultados, en tanto que el 47% se manifiesta por el rechazo. Hoy el primer ministro Abe podría contar con la mayoría calificada en las dos cámaras del Parlamento, y el nuevo aniversario de la entrada en vigor de la Constitución es una fecha simbólica para reflexionar sobre la cláusula pacifista. Es, claramente, una idea controvertida pero que ha ido ganando apoyo aceleradamente en una sociedad que se siente cada vez más vulnerable en un vecindario conflictivo. 

lunes, 24 de abril de 2017

La elección de Emmanuel Macron


El joven candidato Emmanuel Macron, que no pertenece a ninguna de las dos grandes familias de partidos democráticos de Francia, resultó ser el más votado en la primera vuelta de la elección presidencial. Tras él, disputándole el ballottage, está Marine Le Pen, del ultranacionalista y antieuropeísta Frente Nacional. El tercero fue François Fillon, candidato conservador de Los Republicanos –neogaullistas-, cuarto fue Jean-Luc Mélenchon y, en una quinta posición el socialista Benoît Hamon.
El ascenso de Macron se debe, en gran medida, a que los candidatos más centristas de Los Republicanos y del Partido Socialista quedaron desplazados en las primarias celebradas en ambos partidos. Entre los conservadores, el candidato más centrista era Alain Juppé, ex primer ministro y actual alcalde de Bordeaux. Su principal rival era el ex presidente Nicolas Sarkozy pero, contra todos los pronósticos, fue François Fillon quien logró ganar ante Juppé en la segunda vuelta de la primaria, con un discurso de ruptura liberal con el andamiaje del Estado francés.
En el Partido Socialista, la alternativa más centrista estaba encarnada por el ex primer ministro Manuel Valls, quien tenía como principal rival al ex ministro Arnaud Montebourg. Por un proceso similar al de los neogaullistas, fue Benoît Hamon el ungido en la segunda vuelta de las primarias, frente a Valls.
Estos candidatos inesperados reflejaron la insatisfacción de los votantes con aquellos candidatos que representaban la continuidad de un establishment que, claramente, no satisface al ciudadano francés.
Hamon no convenció al ciudadano promedio de Francia; Fillon vio escabullirse de sus manos la presidencia de Francia cuando salió a la luz la denuncia de que su esposa e hijos cobraron sueldos como asesores, durante años, sin haber prestado ese servicio. Los Republicanos observaron aterrados cómo se les escapaba la primera magistratura, e intentaron desplazar a Fillon para ubicar al moderado Alain Juppé. Pero el candidato ganador de la primaria llevó adelante una cruzada de valores tradicionales, anotándose el sostén de un núcleo de seguidores católicos que lo respaldó a pesar de las denuncias en su contra. En una exhibición de multitudes en Trocadero, Fillon demostró su capacidad de movilizar a miles de personas en su apoyo, y los dirigentes de Los Republicanos desistieron de removerlo.
Este escenario ayudó, claramente, al ascenso de Emmanuel Macron, una figura nueva que tuvo un breve paso por el ministerio de Economía durante la presidencia de François Hollande. Desde esa cartera ministerial, impulsó medidas liberalizadoras para darle más competitividad a la economía francesa, con lo que se ganó el respeto de los sectores más liberales de la centroderecha y del mundo empresarial. Su defensa abierta y sin tapujos de los beneficios de la Unión Europea, la economía abierta, la globalización y el pluralismo, le atrajo votantes tanto de la centroizquierda como de la centroderecha, alimentándose de los decepcionados con los socialistas y los conservadores. El espanto que despierta una Francia gobernada por Marine Le Pen, hizo el resto.
Lo cierto es que los dos candidatos que pasan al ballottage tendrán que lidiar con un parlamento sin mayoría. El presidente de Francia, por el esquema constitucional de la V República, es un magistrado con mayores poderes que los tradicionales jefes de Estado en Europa, una arquitectura institucional diseñada por el General Charles De Gaulle. Cuando se convoque a elecciones parlamentarias, habrá de verse si los conservadores y socialistas podrán recuperar el terreno perdido en estos comicios presidenciales, ya que el sistema de circunscripción con doble vuelta está pensado para favorecer a las estructuras partidarias desarrolladas y consolidadas territorialmente. También ha servido para poner una fuerte valla al crecimiento de partidos extremos, como el Frente Nacional, ya que el consenso republicano ha servido para que en la segunda vuelta se elijan diputados de las dos grandes fuerzas. En el caso más probable de que Emmanuel Macron gane en el ballottage del 7 de mayo, deberá articular un gobierno de coalición con el alicaído Partido Socialista o con los atónitos Republicanos, ya que su movimiento En Marche! difícilmente logre reunir un número significativo de bancas en el Parlamento. Puede darse el caso, también, de una cohabitación con un primer ministro de otro signo político: el presidente François Mitterrand –socialista- debió cohabitar con los primeros ministros conservadores Jacques Chirac y Edouard Balladur en sus dos septenios; luego el presidente Chirac –conservador neogaullista- debió cohabitar con el primer ministro socialista Lionel Jospin durante su primera presidencia.
Dado el rechazo abierto de conservadores y socialistas por el Frente Nacional y su ideario, resulta impensable un gobierno de coalición de Marine Le Pen con esos partidos.
Sea cual fuere el resultado de la segunda vuelta, los dos grandes partidos tradicionales de Francia deberán repensarse en lo inmediato, para no dejar que sus votantes se corran hacia alternativas en los extremos, o bien dejarse fagocitar por el emergente movimiento centrista de Macron. Esta elección ha sido la de las grandes sorpresas, más allá de la dinámica propia de la política, ya que hasta hace seis meses atrás, el escenario más probable era el de Alain Juppé en duelo con Marine Le Pen, en tanto Manuel Valls iba a hacer un digno papel del Partido Socialista. La reconfiguración de los partidos, el alineamiento de los partidos democráticos en defensa de la Unión Europea, la permanencia en la OTAN y del pluralismo, habrán de pesar en los años por venir. El esquema de la V República y su semipresidencialismo habrá de demostrar cuán preparada está para permitir un nuevo juego con actores no previstos.