jueves, 18 de enero de 2018

Zeman y Babiš contra los fantasmas.


Europa y sus fantasmas, siempre dando vueltas. Los europeos que buscan encontrar lo que les da el sentido a su nacionalidad: lengua, costumbres, tradición, comunidad, voluntad, lazos de sangre, herencia, religión, biología... La campaña presidencial de Zeman, el actual mandatario checo, entra en ese difícil terreno. "Alto a los inmigrantes y a Drahoš. ¡Este país es nuestro! ¡Vote Zeman", reza este aviso de los "Amigos de Miloš Zeman", a una semana de la segunda vuelta. Una vez más, el extranjero es identificado como ese sujeto peligroso, desconocido, al que hay que detener. Una vez más, Zeman recurre a un discurso descalificador para exhibirse como lo menos malo ante la irrupción de lo que viene de afuera.
Es cierto que los checos desarrollaron su concepto de nacionalidad en una época de profundos cambios, cuando estaban bajo el dominio austríaco. Así, la posesión y renacimiento de la lengua checa fue uno de los objetivos de los nacionalistas durante el siglo XIX, descartando al alemán como vehículo de comunicación. Tras obtener la independencia en octubre de 1918, Checoslovaquia fue la unión de dos pueblos, checos y eslovacos, para frenar los deseos irredentistas de alemanes y húngaros en su propio territorio. Al finalizar la segunda guerra mundial, los tres millones de alemanes residentes en Checoslovaquia fueron expulsados. Paradojalmente, la homogeneidad étnica checa fue un resultado de esa conflagración planetaria.
La campaña de Zeman se apuntala en uno de los miedos que recorren al viejo continente. Es una bofetada a un pasado reciente, cuando miles de checos y eslovacos fueron recibidos como asilados políticos durante la guerra fría en Canadá, Francia, Alemania, Austria, Italia... Todas las elecciones europeas se tiñen de ese color: cómo contener las oleadas migratorias, sobre todo a partir de las guerras de Siria y Libia.
Zeman sostiene al gobierno minoritario de Andrej Babiš, primer ministro en funciones que esta semana no logró obtener la mayoría suficiente en el Parlamento, cosechando sólo los 78 votos de su propio partido, en una cámara baja con doscientos miembros. Babiš, empresario y político, es fuertemente objetado por haber recibido subsidios de la Unión Europea para sus empresas mientras era ministro de finanzas, pero recuperó la inmunidad tras las últimas elecciones. Zeman y Babiš se necesitan mutuamente para sobrevivir en el paisaje político checo: Zeman no tiene partido propio, Babiš precisa que Zeman le extienda por otro mes más que esté al frente del gobierno, buscando tejer una coalición que, aparentemente, le resultará esquiva.

domingo, 14 de enero de 2018

¿Zeman otra vez? La primera vuelta de la elección presidencial checa.


En la segunda elección presidencial por voto directo, el actual presidente Miloš Zeman compitió con otros ocho candidatos por el quinquenio 2018-2023. Los primeros mandatarios anteriores de la República Checa, Václav Havel y Václav Klaus, habían sido elegidos por el Parlamento. De extracción socialdemócrata, Miloš Zeman fue primer ministro en los años noventa en un gobierno de minoría, y que había logrado un "pacto de tolerancia" con el conservador Klaus, entonces en la oposición y su antecesor en el cargo. Luego Zeman rompió con su partido socialdemócrata ČSSD y jugó de líbero en la política checa. En 2013 se postuló a la presidencia y en la segunda vuelta compitió con el conservador Karel Schwarzenberg, un antiguo disidente amigo de Havel. En esta ocasión, Zeman recibió el apoyo de Klaus quien, además, lanzó una batería de denuestos contra Schwarzenberg por su origen austríaco, en una fuerte atmósfera de discurso antialemán. Una vez más, Klaus y Zeman establecían una alianza que iba más allá de sus familias ideológicas.
Václav Klaus fue un presidente euroescéptico rayano en la xenofobia, escudado en un discurso libertario y antiburocrático para la audiencia internacional, pero de carácter antiinmigrante y nacionalista para el público checo. En sus diez años, jamás izó la bandera de la Unión Europea en el palacio presidencial. Zeman se presentó como un partidario de la UE, pero ya en la primera magistratura comenzó a virar hacia expresiones de simpatía por los regímenes de Vladímir Putin y la República Popular China, el rechazo por la inmigración y por la integración europea. Asimismo, estableció una alianza no escrita con el político y empresario Andrej Babiš, del partido ANO (Sí), que en los comicios de este año fue el más votado y que habrá de gobernar en minoría ya que ningún partido quiere formar coalición con él.
Cabe subrayar que tanto Zeman como Klaus no se formaron en las filas de la disidencia checa: ambos fueron miembros de la Academia de Ciencias de Checoslovaquia, e incluso Zeman fue miembro del Partido Comunista. Pero durante las intensas jornadas de la revolución de terciopelo, a fines de 1989, los dos se sumaron al Foro Cívico y le brindaron un cuerpo de economistas profesionales, dándole una imagen de respetabilidad a la coalición opositora.
Zeman obtuvo el 38,56% en esta primera vuelta, seguido por Jiří Drahoš, quien fue presidente de la prestigiosa Academia de Ciencias de la República Checa, quien cosechó el 26,60%. Cinco candidatos ya expresaron su apoyo a Drahoš, en tanto que uno solo a Zeman para el ballottage. 
Un escenario posible es que se conforme una coalición anti-Zeman, que pueda ganar al actual presidente y consagrar al europeísta Jiří Drahoš. No obstante, no se puede descartar una feroz campaña sucia contra el aspirante, tal como ocurrió contra Schwarzenberg en 2013, que sepulte sus esperanzas dentro de dos semanas. Drahoš es químico, fue presidente de la Academia entre 2009 y 2017, y recibió el apoyo de algunos partidos como el demócrata cristiano KDU-ČSL y el conservador TOP-09, a los que ahora se suma el también conservador ODS. La segunda vuelta se realizará los días viernes 26 y sábado 27 de enero.
Si bien el presidente de la República Checa tiene un margen muy estrecho de funciones constitucionales, el peso simbólico de su cargo en un vecindario que está a la deriva -Polonia, Hungría, Austria-, puede suponer un balance positivo o negativo para la proyección de los valores democráticos y pluralistas de la Unión Europea en el centro del continente. No son pocos los ciudadanos checos que viven con preocupación la posibilidad de que se fortalezca la alianza Zeman-Babiš para los próximos años, con consecuencias que pueden debilitar la calidad democrática del país.

domingo, 7 de enero de 2018

El desafío de Córcega.


El Mediterráneo, quizás el mar en donde se ha vivido la mayor cantidad de batallas de la historia humana, viene padeciendo el azote de tormentas nacionalistas con afanes de independencia. 2017 fue el año de Cataluña, 2018 puede ser el de Córcega. Todos estos intentos de procesos de emancipación pretenden ser lineales y simples: el pretérito humano no lo es, porque es el resultado de entrecruzamientos, quiebres, desplazamientos, contextos.
En diciembre de 2017, se celebró en la isla de Córcega un plebiscito en el que se consultaba sobre la fusión de los dos departamentos, Haute-Corse y Corse-du-Sud, en una sola colectividad territorial única. El resultado fue positivo y el 2 de enero entró en funciones de la mano de las fuerzas políticas autonomistas e independentistas. Los nacionalistas ganaron en diciembre 41 de las 63 bancas de la Asamblea territorial, y eligieron al líder independentista Jean-Guy Talamoni (partido Corsica Libera) como presidente de esa cámara legislativa, y al autonomista Gilles Simeoni (partido Femu a Corsica) como presidente del Consejo Ejecutivo, órgano en el que los nacionalistas tienen la totalidad de los miembros. En un acto cargado de fuerte simbolismo, prestaron juramento sobre la Constitución corsa de 1755, texto redactado mientras combatían contra la República de Génova. 
¿Génova? ¿No es Córcega una región de Francia? Como todo espacio del Mediterráneo, la isla de Córcega fue ocupada sucesivamente por griegos, romanos, vándalos, ostrogodos, bizantinos y lombardos. Fue disputada por Génova y Pisa, luego ocupada por musulmanes. Tras volver al dominio genovés, esta República se lo pasó a mediados del siglo XV al Banco di San Giorgio para su administración, ya que esta casa comercial tenía su propio ejército. Formalmente bajo soberanía genovesa, en la isla brotó el deseo de independencia y se inició una extensa guerra entre 1729 y 1769, circunstancia en la que descolló la gran figura de Pasquale Paoli. Ocupada y anexada por el Reino de Francia en 1769 tras la batalla de Ponte Novu, quedó extendido un ferviente deseo de emancipación que influyó poderosamente en un joven de la aristocracia corsa, Napoleone Buonaparte, quien se enroló en la Academia de Guerra francesa con el ánimo de adquirir los conocimientos militares necesarios para liberar a su ínsula. Lo intentó en la primera etapa de la Revolución Francesa, infructuosamente. Entre 1794 y 1796, Paoli logró el protectorado británico de Córcega. Durante la etapa independiente, se redactó la constitución de 1755 y, años después, se encomendó al filósofo político Jean Jacques Rousseau un nuevo texto. 
Durante la segunda guerra mundial, la isla fue invadida por italianos y alemanes, para volver a Francia y, de hecho, ser la primera porción liberada por las fuerzas de la Francia Libre, que lideraba el general Charles de Gaulle. 
De cultura y lengua próximas a Italia, Córcega fue sumergida en la cultura y lengua francesas. Uno de los reclamos de los nacionalistas corsos es la co-oficialidad de su lengua. He aquí, pues, uno de los elementos de colisión con el gobierno central de París. Porque uno de los resultados del proceso de centralización que comenzó con la Revolución y se solidificó durante el período imperial de Napoleón Bonaparte fue la expansión de la lengua francesa como unificadora de la nación francesa. En 1789, cuando se desencadenó la Revolución, tan sólo el 6% de la población hablaba francés, que era el idioma del poder. El resto de los súbditos del rey de Francia hablaba en occitano, bretón, alsaciano, vasco, catalán, corso... Demolida la legitimidad monárquica que unificaba a Francia y le daba sentido, se debía constituir a la nación francesa, cuyo vehículo de comunicación debía ser el francés. De allí, entonces, la ironía de que el joven corso independentista Napoleone Buonaparte devino en el general francés Napoleón Bonaparte, uno de los impulsores de la Francia centralista moderna. 
Otra demanda de los nacionalistas es la liberación de los "presos políticos", cuestión que de inmediato rechazó el presidente Emmanuel Macron, quien afirma que no existe tal situación en Francia. 
La tercera demanda, que también genera rispidez y es de carácter conceptual y con consecuencias en el largo plazo, es la del reconocimiento de la especificidad del "pueblo corso". Una vez más, desde el gobierno central francés se subraya que hay un solo pueblo, el francés. 
Sea como fuere, en Francia se debatirá una serie de enmiendas constitucionales durante este año, lo que puede abrir las puertas a la primera y tercera demanda.
En Europa se sigue agitando el nacionalismo como expresión política, en un tiempo marcado por la debilidad de las fronteras. Ya se ha visto cómo el proceso catalán pudo significar un terremoto para la gobernabilidad de España, llegando a cuestionar los cimientos mismos de la legitimidad histórica, política y jurídica de ese Estado. Lo mismo podría acontecer en Francia, un país en el que hay variantes regionales y que se ha construido en torno a un poder centralizador fuerte y con proyección de ultramar.

martes, 26 de diciembre de 2017

Cataluña y la expansión de Ciudadanos


Tras el tembladeral del intento de independencia de la región de Cataluña, las recientes elecciones autonómicas del 21 de diciembre arrojaron un empate entre los dos grandes bloques: los secesionistas obtuvieron la mayoría de las bancas del parlamento, pero en votos ganó el bloque constitucional, partidario de la unidad de España. Lo notable de esta jornada electoral es que Ciudadanos (C's) fue el partido más votado por los catalanes, cuya lista fue encabezada por Inés Arrimadas, una candidata nacida en Andalucía. Los candidatos secesionistas hicieron lo posible por victimizarse, a pesar de que recibieron todo tipo de señales de que andaban por el derrotero equivocado, sobre todo cuando el Tribunal Constitucional declaró ilegal el plebiscito por la independencia. Y a pesar de ello, la no muy convencida votación por la separación de España y la proclamación de la República Catalana en el parlamento regional desembocó en lo inevitable: la intervención del gobierno nacional y la convocatoria inmediata a comicios regionales, de acuerdo a lo pactado por los tres grandes partidos constitucionales, a saber: el Partido Popular (PP, gobierno), Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y Ciudadanos (C's). El depuesto presidente del gobierno catalán hizo campaña desde Bruselas, capital del Reino de Bélgica; Oriol Junqueras, de Esquerra Republicana, desde la prisión. De los tres partidos constitucionales, fue Ciudadanos el que logró reunir más sufragios en defensa de mantener la unidad española. Es un partido que nació precisamente en Cataluña para defender la unidad, en 2006, anticipándose a la descomposición hacia la que iban empujando los nacionalistas con creciente vehemencia. 
Bajo el liderazgo de Albert Rivera, el político mejor conceptuado en España, Ciudadanos salió de Cataluña y se expandió por la península, llegando a competir en dos elecciones generales, en 2015 y 2016. En diciembre de 2015, siendo el cuarto partido en sufragios y en bancas, apoyó la nominación del socialista Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno español, pero la coalición PSOE-Cs no logró la mayoría necesaria, debiendo convocarse a nuevos comicios a mediados del 2016. En esta segunda oportunidad, Ciudadanos se mantuvo en la cuarta posición, con un retroceso en votos y escaños, saliendo fortalecido el Partido Popular. El PP liderado por Mariano Rajoy, sumando a Ciudadanos y a la Coalición Canaria, más la abstención del PSOE en el hemiciclo, pudo formar gobierno y salir del estancamiento institucional. En ambos casos, el partido Ciudadanos asumió el rol de la responsabilidad y fue bisagra para la formación del gobierno, aunque sin asumir posiciones en la función pública. De este modo, exhibió su vocación de contribuir a la estabilidad institucional, pero manteniendo la flexibilidad de seguir ocupando el espacio de la oposición. Muy diferente, pues, de la actitud confrontativa del populista Podemos, que se nutre del cuestionamiento sistemático del orden constitucional español nacido de la transición democrática.
Ciudadanos hizo una campaña clara en defensa de la legitimidad histórica, política y jurídica de España, oponiéndose a la secesión. Así, sin dobleces ni ambigüedades en tiempos en que prima lo superficial sobre la sustancia, logró sumar voluntades que debilitaron al Partido Popular en Cataluña. Esto es parte de la explicación, pero no toda: Ciudadanos está demostrando su capacidad de ganar comicios, aun cuando en esta oportunidad la cantidad de bancas no le alcance para formar gobierno. Para el Partido Popular, tan desgastado por los años en el poder y tan cuestionado por varios casos de corrupción, ve con creciente preocupación que esta formación liberal pueda arrebatarle la primacía en el terreno de la centro-derecha. Así como al PSOE -y a la Izquierda Unida- le apareció un rival como Podemos que le sustrajo una parte importante del electorado, al Partido Popular le está ocurriendo lo mismo con Ciudadanos. De allí, pues, que los líderes del PP estén viendo con preocupación las elecciones municipales y autonómicas del 2019, que pueden marcar un quiebre del electorado tradicional y que se vuelque hacia el partido liberal, mucho más moderno y dinámico -y sin fantasmas de corrupción-.
Por un lado, las elecciones autonómicas en Cataluña no han logrado resolver el gran problema del independentismo, aunque quedó en evidencia que sus partidarios no son la mayoría. Por el otro, plantea un dilema existencial al Partido Popular, que ahora ve asomarse con fuerza un rival que le puede disputar un espacio que, hasta ahora, parecía inexpugnable.

sábado, 15 de julio de 2017

Liu Xiaobo


El fallecimiento del escritor y disidente chino Liu Xiaobo pone, una vez más, en evidencia la falta de libertades fundamentales en la República Popular China. Estaba con arresto domiciliario por ser uno de los signatarios de la Carta 08, en la que tres centenares de disidentes chinos reclaman el respeto a libertades esenciales como expresión, asociación, conciencia, culto, equilibrio de poderes, economía de mercado y justicia independiente, su voz y accionar han intentado ser acallados dentro y fuera de China. No se le permitió viajar a Noruega cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2010; tampoco se le dio permiso para trasladarse al exterior y seguir un tratamiento para el cáncer que lo llevó a la muerte. 
Las autoridades rápidamente arrojaron un manto de silencio sobre la muerte del disidente chino; infortunadamente, las naciones democráticas no se hicieron eco del pedido de tratamiento para Liu Xiaobo, porque China hace sentir su peso económico al ser un gigantesco mercado, así como también como inversor. 
Cuando ocurrió la masacre de Tiananmen, en 1989, Liu Xiaobo estaba realizando estudios en Estados Unidos, y retornó a su país para sumarse activamente a los grupos disidentes que exigían la "quinta modernización": la democratización de la República Popular China. La represión brutal del régimen contra los estudiantes, provocó una reacción de las naciones democráticas que aislaron diplomáticamente a China, hasta 1992, cuando volvió tímidamente a estar presente en la Cumbre de Río de Janeiro sobre medio ambiente. 
Liu Xiaobo no sólo cobró notoriedad internacional por su obra literaria, sino también por su brega permanente por el respeto a los derechos humanos en China. Así fue como en 2008 se solidarizó con los tibetanos y llamó al gobierno chino a dialogar con el Dalai Lama. En ese mismo año, en el que se cumplían 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, un grupo de disidentes presentó la Carta 08, inspirados en la Carta 77 de Checoslovaquia. La similitud es que ambas fueron impulsadas por destacados intelectuales; la diferencia, es que para Checoslovaquia el régimen totalitario era sostenida por una fuerza externa, la Unión Soviética, en tanto que en China es un partido-ejército local. En los dos casos, la respuesta de los gobiernos fue que se trataba de elementos subversivos que buscan alterar el orden, y alentaron a la población a no pensar en la política -monopolio de los partidos comunistas- y que se dedicaran, en cambio, a consumir. 
La muerte del disidente Liu Xiaobo coincide con el creciente silenciamiento de las voces opositoras en Hong Kong, en donde cuatro legisladores elegidos por el voto popular fueron removidos de sus bancas por no haber jurado lealtad a la República Popular China. En estas circunstancias, la presidente Tsai Ingwen, de Taiwan, hizo un llamamiento a la democratización de la República Popular China, lo que constituye un elemento nítido de diferenciación de la evolución que han tenido estos dos actores políticos durante los últimos treinta años. Taiwan encaró y desarrolló su camino franco hacia la democracia liberal; China continental, en cambio, reforzó el poder del Partido Comunista, a la par que despliega una diplomacia de presión activa para acallar toda voz crítica dentro y fuera del país.

martes, 11 de julio de 2017

La cumbre del G 20.

La cumbre del G-20, en Hamburgo, tiene algunas particularidades por las que será recordada: en el largo plazo, el elemento más significativo será la neta diferencia de criterios entre el presidente Donald Trump con el resto de los líderes de las naciones occidentales en cuestiones cruciales como el libre comercio, la agenda medioambiental y los procesos de integración.
En los años setenta, se fue creando el G-7. Primero fueron cinco los países desarrollados los que se reunían: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Japón. A estos se sumaron Italia y luego Canadá, conformando el G-7. Era un foro para articular políticas comunes en tiempos de la guerra fría y de las dos crisis del petróleo, que obligaron a estas naciones a coordinar decisiones macroeconómicas así como estrategias frente a los desafíos de los conflictos internacionales. Tras la desaparición de la URSS, a fines de los años noventa se creó el G-8, ya que el G-7 sumaba a la Federación de Rusia por su importancia política y militar. El G-8 se siguió reuniendo hasta el 2014, cuando los países del G-7 aplicaron sanciones a Rusia por su invasión a la península de Crimea.
No obstante, en forma paralela se optó por un foro ampliado que pudiera integrar economías emergentes y una representación geográfica estratégica, que pudiera resumir diferentes situaciones y ópticas. De allí que se sumara a la República Popular China, Corea del Sur, Australia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Argentina, Brasil, México, Indonesia, India y Turquía, así como la Unión Europea en su conjunto.
Más allá de que los compromisos asumidos por el G-20 no tienen un mecanismo de sanción para quien no los cumpla, se trata de un evento crucial para poner en el primer plano de la discusión mundial aquellos elementos que son ineludibles en la agenda, y a los que ningún país puede dar una respuesta por sí solo. De allí que se encaren problemas como el cambio climático, el libre comercio, los procesos de integración, la reducción de la pobreza, las migraciones y el terrorismo.
Es claro que el personaje disruptivo ha sido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, errático en sus pensamientos y decisiones. Antes de arribar a Hamburgo, visitó Polonia y dio un encendido discurso a la medida de las aspiraciones nacionalistas en esa nación, con un fuerte contenido contrario a Rusia. Con este gesto y estas palabras, Trump busca distanciarse de su propia pesadilla del Rusiagate, ya que hay cada vez mayores indicios de que el régimen de Vladímir Putin contribuyó a perjudicar a la candidata Hillary Clinton en la campaña presidencial de 2016, y que en esto habría habido connivencia con el círculo más cercano de Trump. Por otro lado, el actual gobierno polaco es de tinte euroescéptico pero a la vez necesita a la Unión Europea para no quedarse aislada; con lo que la visita de Trump le permite mostrar un margen de autonomía frente a Bruselas, sin salirse del club.
La reciente salida de Estados Unidos del Acuerdo de París por el cambio climático, en la que volvió a insistir Donald Trump en Hamburgo, ha expuesto una fisura en el bloque occidental. Por el momento, esta decisión no ha arrastrado a otros países a tomar el mismo derrotero, y es un hecho singular que la República Popular China, uno de los grandes contaminantes del planeta, aún no lo haya hecho, quizás como una medida diplomática y no por convicción sincera. Resulta evidente que Xi Jinping busca que su país juegue como un actor global, y la oportunidad es la de presentarse como un alter ego de Trump, de allí que prometa mantener el acuerdo sobre cambio climático. Sea como fuere, la actitud del gobierno estadounidense puede provocar la salida o desinterés de otras naciones, con lo que el Acuerdo de París puede convertirse en letra muerta.
Donald Trump también fue la nota discordante en cuanto al libre comercio, pero en esto los europeos se adelantaron al darle un nuevo impulso a las negociaciones con Japón para un tratado. Un bloque económico y una nación que, en términos generales, se han caracterizado por políticas proteccionistas en rubros como la agricultura y los automóviles, finalmente optan por sentarse a debatir estas cuestiones puntuales, a fin de compensar el muro que la presidencia de Trump está generando en el intercambio mundial. Es una actitud radicalmente diferente a la ensayada en el triste período de entreguerras, cuando todos los países comenzaron a encerrarse tras barreras tarifarias, creyendo que la autarquía los haría invulnerables ante un nuevo conflicto planetario.
Las discrepancias de Trump con la Unión Europea no pueden ser compensadas con el intento de acercamiento a Rusia. El presidente Putin tiene una agenda internacional clara: provocar la separación de la Unión Europea; intervenir en favor de Bashar al Assad en Siria, en alianza con Irán; sostener al régimen de Corea del Norte, para contrarrestar el peso estadounidense de Estados Unidos en Asia Oriental; preservar a Crimea en la Federación de Rusia. En los últimos tres puntos, la colisión con Donald Trump es inevitable.
El protagonismo de Trump en la arena internacional no puede tapar la creciente sospecha de su participación en el Rusiagate, lo que irá debilitando su credibilidad interna. Habremos de ver si logra sortear esta situación en los próximos meses, o si seguirá creciendo como una bola de nieve que pueda arrastrar al Partido Republicano.
El G-20 de este año ha servido para mostrar el juego de cada país en el tablero, con nuevos posicionamientos y estrategias. Ante el desinterés del actual gobierno de los Estados Unidos por Europa, el eje franco-alemán cobra protagonismo en busca de un mayor espacio para preservar una economía global que se rija por acuerdos multilaterales y reglas de juego claras y transparentes.

lunes, 3 de julio de 2017

Hong Kong: 20 años en la República Popular China.


Por el Tratado de Nanking, celebrado en 1842 tras la primera guerra del opio entre el Reino Unido y el Imperio Chino de la dinastía Qing, la rocosa isla de Hong Kong pasó a ser colonia británica. Luego se anexaron otros territorios a la misma, hasta que en 1898 se añadieron partes del continente, a fin de servir como barrera de contención y zona agrícola para la colonia. Esta posesión sirvió como punto de enlace del comercio británico con China meridional, depósito de bienes -que incluía el opio- de importación y exportación, talleres de reparación de navíos y puerto de salida para los emigrantes chinos hacia otras latitudes, como la costa del Pacífico de los Estados Unidos. Esta situación se mantuvo hasta la segunda guerra mundial, cuando la colonia fue invadida por los japoneses, a pesar de la resistencia de las escasas tropas allí localizadas, que incluían un contingente canadiense.
Los británicos recuperaron la posesión de Hong Kong en 1945, a pesar de las aspiraciones del gobierno nacionalista chino de Chiang Kai Shek. Tras la creación de la República Popular China en 1949 en China continental, y el gobierno nacionalista alojado en la isla de Taiwán, Hong Kong permaneció como un reducto occidental. Esta colonia se fue convirtiendo en uno de los más centros financieros más grandes del planeta, además de prosperar con su industria textil y astilleros. Lejos de hundirse por su desconexión comercial con el sur de China, se dio un salto cualitativo por su apertura económica. Las claves fueron el sistema jurídico británico, el llamado common law, y la economía de mercado. Fueron sus instituciones estables y liberales las que sirvieron como marco jurídico al despliegue del Hong Kong de la posguerra.
Pero ya en los años ochenta, las autoridades británicas y chinas comenzaron la discusión sobre el fin del tratado de arriendo de 1898, que se había celebrado por 99 años. Esto implicaba la devolución de las parcelas continentales de Hong Kong en 1997. Ya el Reino Unido no era el Imperio Británico de antaño, por lo que se estipuló que Hong Kong era una unidad, y que como tal debía negociarse su restitución a China. 
En 1984, siendo Margaret Thatcher la primer ministro británica, se celebró la Declaración Conjunta Sino-Británica, por la que se estableció que Hong Kong habría de gobernarse desde 1997 hasta 2047 por la Ley Básica (Basic Law) como una región administrativa autónoma dentro de la República Popular China. La Basic Law protege durante cincuenta años la vigencia del common law, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno a través de una legislatura. Es decir: preserva las libertades fundamentales de los habitantes de Hong Kong, en el marco de la política de "un país, dos sistemas". Entre 1992 y 1997, el último gobernador británico de la colonia, el político conservador Chris Patten, dejó plantada la semilla de la libertad política, ya que impulsó la introducción de un sistema electoral en el cual los ciudadanos votaban directamente un tercio de la legislatura, y el resto a través de un sistema corporativo con representación de las empresas, gremios, asociaciones religiosas. Esto significó el nacimiento de partidos políticos que, en su gran mayoría, se oponen al régimen represivo existente en la República Popular China.
Desde 1997 hasta hoy, los sucesivos gobiernos de la República Popular China están intentando debilitar los aires democratizantes que vienen desde Hong Kong y que pretenden ir ganando terreno en el resto del país. Los gobernadores de Hong Kong son elegidos de una terna de candidatos, que siempre responden a los deseos de Beijing. Movimientos por la libertad política como la "revolución de los paraguas" van ganando terreno en la opinión pública de Hong Kong, y reivindican una mayor autonomía -e incluso la independencia- frente a la República Popular China.
La gran debilidad de Hong Kong reside en que la Basic Law no es más que una ley que puede ser derogada por el gobierno de Beijing, y que hasta ahora ha mantenido por su propia conveniencia. Se pretende seducir, desde el continente, a Taiwán con el modelo de "un país, dos sistemas", a fin de reunificar a ambas partes. 
La reciente visita del presidente Xi Jinping y el despliegue de fuerzas militares, son señales de que el régimen del Partido Comunista chino pretende poner vallas a los sentimientos liberales que se respiran en Hong Kong. La nueva gobernadora Carrie Lam se encuentra en perfecta sintonía con la política de Beijing, con lo que se anticipa una severa confrontación con sus conciudadanos. 
Habremos de ver si Hong Kong gana las mentes del resto de los chinos con su ejemplo de democracia liberal -a pesar de todas sus limitaciones-, Estado de Derecho y economía de mercado, o si bien se deja someter a un sistema de partido único, con libertades restringidas y tuteladas por el Estado.