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La cumbre del G 20.

La cumbre del G-20, en Hamburgo, tiene algunas particularidades por las que será recordada: en el largo plazo, el elemento más significativo será la neta diferencia de criterios entre el presidente Donald Trump con el resto de los líderes de las naciones occidentales en cuestiones cruciales como el libre comercio, la agenda medioambiental y los procesos de integración.
En los años setenta, se fue creando el G-7. Primero fueron cinco los países desarrollados los que se reunían: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Japón. A estos se sumaron Italia y luego Canadá, conformando el G-7. Era un foro para articular políticas comunes en tiempos de la guerra fría y de las dos crisis del petróleo, que obligaron a estas naciones a coordinar decisiones macroeconómicas así como estrategias frente a los desafíos de los conflictos internacionales. Tras la desaparición de la URSS, a fines de los años noventa se creó el G-8, ya que el G-7 sumaba a la Federación de Rusia por su importancia política y militar. El G-8 se siguió reuniendo hasta el 2014, cuando los países del G-7 aplicaron sanciones a Rusia por su invasión a la península de Crimea.
No obstante, en forma paralela se optó por un foro ampliado que pudiera integrar economías emergentes y una representación geográfica estratégica, que pudiera resumir diferentes situaciones y ópticas. De allí que se sumara a la República Popular China, Corea del Sur, Australia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Argentina, Brasil, México, Indonesia, India y Turquía, así como la Unión Europea en su conjunto.
Más allá de que los compromisos asumidos por el G-20 no tienen un mecanismo de sanción para quien no los cumpla, se trata de un evento crucial para poner en el primer plano de la discusión mundial aquellos elementos que son ineludibles en la agenda, y a los que ningún país puede dar una respuesta por sí solo. De allí que se encaren problemas como el cambio climático, el libre comercio, los procesos de integración, la reducción de la pobreza, las migraciones y el terrorismo.
Es claro que el personaje disruptivo ha sido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, errático en sus pensamientos y decisiones. Antes de arribar a Hamburgo, visitó Polonia y dio un encendido discurso a la medida de las aspiraciones nacionalistas en esa nación, con un fuerte contenido contrario a Rusia. Con este gesto y estas palabras, Trump busca distanciarse de su propia pesadilla del Rusiagate, ya que hay cada vez mayores indicios de que el régimen de Vladímir Putin contribuyó a perjudicar a la candidata Hillary Clinton en la campaña presidencial de 2016, y que en esto habría habido connivencia con el círculo más cercano de Trump. Por otro lado, el actual gobierno polaco es de tinte euroescéptico pero a la vez necesita a la Unión Europea para no quedarse aislada; con lo que la visita de Trump le permite mostrar un margen de autonomía frente a Bruselas, sin salirse del club.
La reciente salida de Estados Unidos del Acuerdo de París por el cambio climático, en la que volvió a insistir Donald Trump en Hamburgo, ha expuesto una fisura en el bloque occidental. Por el momento, esta decisión no ha arrastrado a otros países a tomar el mismo derrotero, y es un hecho singular que la República Popular China, uno de los grandes contaminantes del planeta, aún no lo haya hecho, quizás como una medida diplomática y no por convicción sincera. Resulta evidente que Xi Jinping busca que su país juegue como un actor global, y la oportunidad es la de presentarse como un alter ego de Trump, de allí que prometa mantener el acuerdo sobre cambio climático. Sea como fuere, la actitud del gobierno estadounidense puede provocar la salida o desinterés de otras naciones, con lo que el Acuerdo de París puede convertirse en letra muerta.
Donald Trump también fue la nota discordante en cuanto al libre comercio, pero en esto los europeos se adelantaron al darle un nuevo impulso a las negociaciones con Japón para un tratado. Un bloque económico y una nación que, en términos generales, se han caracterizado por políticas proteccionistas en rubros como la agricultura y los automóviles, finalmente optan por sentarse a debatir estas cuestiones puntuales, a fin de compensar el muro que la presidencia de Trump está generando en el intercambio mundial. Es una actitud radicalmente diferente a la ensayada en el triste período de entreguerras, cuando todos los países comenzaron a encerrarse tras barreras tarifarias, creyendo que la autarquía los haría invulnerables ante un nuevo conflicto planetario.
Las discrepancias de Trump con la Unión Europea no pueden ser compensadas con el intento de acercamiento a Rusia. El presidente Putin tiene una agenda internacional clara: provocar la separación de la Unión Europea; intervenir en favor de Bashar al Assad en Siria, en alianza con Irán; sostener al régimen de Corea del Norte, para contrarrestar el peso estadounidense de Estados Unidos en Asia Oriental; preservar a Crimea en la Federación de Rusia. En los últimos tres puntos, la colisión con Donald Trump es inevitable.
El protagonismo de Trump en la arena internacional no puede tapar la creciente sospecha de su participación en el Rusiagate, lo que irá debilitando su credibilidad interna. Habremos de ver si logra sortear esta situación en los próximos meses, o si seguirá creciendo como una bola de nieve que pueda arrastrar al Partido Republicano.
El G-20 de este año ha servido para mostrar el juego de cada país en el tablero, con nuevos posicionamientos y estrategias. Ante el desinterés del actual gobierno de los Estados Unidos por Europa, el eje franco-alemán cobra protagonismo en busca de un mayor espacio para preservar una economía global que se rija por acuerdos multilaterales y reglas de juego claras y transparentes.

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