domingo, 18 de junio de 2017

La era Macron.


La segunda vuelta de los comicios para la Asamblea Nacional, la cámara baja del parlamento francés, confirmó el inicio de una nueva era política: la de Emmanuel Macron. Los dos grandes partidos tradicionales de la V República, los conservadores gaullistas reunidos en Los Republicanos, y el Partido Socialista, han quedado desplazados en las urnas. Todo estaba servido para el triunfo de Los Republicanos, pero la debacle comenzó cuando su candidato François Fillon tuvo que hacer frente a las revelaciones del semanario Le Canard Enchainé sobre los falsos empleos que habrían tenido su esposa e hijos a costa de los contribuyentes. Fillon apeló a un electorado que prestó más atención a su discurso sobre la familia tradicional, pero no le resultó suficiente para llegar al ballottage. Así, Los Republicanos se vieron desplazados por un recién llegado, un parvenu de la política como Emmanuel Macron, que hizo frente a la amenaza populista ultranacionalista de Marine Le Pen.
El Partido Socialista francés, la contracara del gaullismo, quedó ampliamente derrotado tras el quinquenio deslucido y decadente del presidente Hollande, quien ni siquiera se animó a presentarse a la reelección. 
El joven partido del presidente Macron, La République en Marche, en alianza al centrista Mouvement Démocratique (MODEM) de François Bayrou, ha logrado 359 escaños de la Asamblea Nacional, en tanto que la principal fuerza opositora serán Los Republicanos, con 131, en alianza con la centrista UDI. Los socialistas habrán de conformarse con menos, tan sólo treinta bancas. 
El Frente Nacional, finalmente, cosechó menos curules de los que había proyectado. En los conteos de la noche del domingo, se estiman ocho, sumando a Marine Le Pen, que por primera vez ingresa al hemiciclo. Desde la extrema izquierda asoma el bloque de la Francia Insumisa con Jean Luc Mélenchon, un admirador del régimen bolivariano de Venezuela, así como ocho diputados del Partido Comunista.
Es claro que se abrirá un ciclo de disputas por el liderazgo tanto entre los conservadores como en el Partido Socialista. La mayoría holgada de 359 bancas sobre un total de 577 le da una gran oportunidad al presidente Macron para dar inicio a las reformas profundas que se precisan en Francia, para darle competitividad y productividad a su economía, tan regulada y asfixiada por un enorme sector estatal. Francia casi triplica el porcentaje de empleo público con respecto al de la República Federal Alemana, y es casi diez puntos superior al promedio de la OCDE. Con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Francia cobra mayor importancia para el proceso de integración tan cuestionado en estos años. Será el único país del bloque europeo con un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, el único con capacidad nuclear y con un rol protagónico en África. Pero este despliegue político, diplomático y militar debe estar respaldado por crecimiento económico, el elemento que está fallando en la ecuación gala. A esto se añade la conflictiva relación que los franceses tienen con la región del Magreb, con el mundo árabe en general, los problemas de integración de los inmigrantes y la alta tasa de desempleo de los jóvenes.
El presidente Macron, no obstante, no tiene un cheque en blanco, más allá de la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional: la baja participación en los comicios es un llamado de atención, que no deslegitima el resultado, pero que sí advierte de la falta de entusiasmo de más de la mitad de los ciudadanos.

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